Recortes de revistas, La señora de la limpieza, Trillo/Sanyú

La señora de la limpieza, Trillo/Sanyú
Revista Humor edición española N°4



Recuerdos de los años de plomo, por Osvaldo Soriano.


La siguiente es una dolorosa y atormentada crónica de Osvaldo Soriano, escrita en 1986 para una revista alemana. Entre sus líneas se mezclan el arte y el horror, Astiz y Videla, Bayer y Cortazar; y se respira el aire denso de los oscuros años de la última dictadura militar.


RECUERDOS DE LOS AÑOS DE PLOMO
Por Osvaldo Soriano

La noche del 24 de diciembre de 1976, mientras en las calles sonaban las sirenas de los patrulleros, Pedro López y su mujer, Beatriz, terminaban de colgar los regalos para los chicos en el árbol de Navidad.

A las diez se sentaron a comer un pollo con papas. Beatriz había cortado mazapán y turrón de Gijona porque los chicos no querían esperar hasta medianoche. Estaban inquietos por la llegada de Papá Noel.

A las once, cuando estaban terminando de cenar, sonó el timbre. Pedro y Beatriz se sorprendieron porque no esperaban visitas. Juan, el mayor de los chicos, saltó de la silla y corrió a responder el portero eléctrico. “¿Quién es?”, preguntó. “Papá Noel”, le respondieron desde abajo. Y Juan les abrió con el portero eléctrico. Enseguida oyeron el ascensor y Beatriz respiró, de pronto, un aire de angustia. Cuando golpearon a la puerta Pedro fue a ver por la mirilla. En el corredor, bajo la luz difusa, estaba Papá Noel. Tenía, como todos los que se ven por la calle, una barba postiza y el gorro de piel. Sonreía. En una mano llevaba un bolso, en la otra, una ametralladora liviana.
A través de la puerta Pedro preguntó a quién buscaban. “A vos” le contestaron, y la puerta saltó en pedazos. En un instante la casa se llenó de Papás Noel. Algunos tenían bigote falso y otros se habían pintado los suyos de blanco. Todos llevaban botas militares y transpiraban. El que Pedro había visto a través de la mirilla lo golpeó con el caño del arma; otro torció los brazos de Beatriz y se los ató a la espalda. Los chicos, que habían empezado a llorar, fueron empujados a la habitación y obligados a tirarse en la cama. En quince minutos revisaron todo el departamento y guardaron en las bolsas el poco dinero que encontraron, los relojes, las chucherías de familia y los cubiertos de plata. Casi no hablaban. A Pedro se lo llevaron entre tres, apretado en el ascensor. Los otros se quedaron para acarrear el televisor, el estéreo y todo lo que tuviera algún valor. Los chicos quedaron solos, encerrados en la habitación.
Casi destrozado por los golpes, Pedro fue a parar al baúl del Ford Falcon. A Beatriz le habían cerrado la boca con estopa y la llevaron en el asiento trasero hasta las afueras de Buenos Aires, donde la tiraron a la vera de una ruta oscura y desolada. Diez años más tarde, Pedro López sigue desaparecido.

En esos días yo estaba viviendo en Bruselas, donde unos amigos me habían dado hospitalidad. Había salido de la Argentina en junio de 1976, dos meses después del golpe, con el pretexto de cubrir, como periodista, la pelea entre Carlos Monzón y Jean Claude Boutier, en Mónaco. Pocos días antes, el ejército había secuestrado a Haroldo Conti, uno de los mejores escritores argentinos, al que asesinó de a poco. De todos modos, yo creía que iba a quedarme fuera del país sólo por cinco o seis meses, “hasta que lo peor haya pasado”.
En enero, desconcertado por un frío de diez grados bajo cero y el año nuevo bajo la nieve, escuché el relato sobre la suerte de Pedro López en un debarras donde sólo cabían un colchón en el suelo y una silla para poner la ropa y dejar algunos libros. El amigo que acaba de llegar de Buenos Aires me contó esa y otras historias de aquel desdichado tiempo.
Costaba creerlo. Visto a la distancia —y con la cercanía de la amistad o el afecto por las víctimas—, había algo de irreal en esos relatos que daban horrorosa sustancia a los escuetos cables que leíamos en Le Monde. ¿Era posible tanta saña, tanta impiedad? Sin embargo, ya lo había dicho el general Jorge Rafael Videla en diciembre de 1975, antes de tomar el poder: “Si es necesario correrán ríos de sangre”.
“No podés volver”, me dijo el recién llegado. “Esto va para largo”, me había dicho Osvaldo Bayer, que estaba refugiado en Essen, Alemania Federal. “El médico me prohibió subir la escalera, de modo que tengo que dejar esta casa”, me escribía desde Buenos Aires Roberto Cossa, que había ido a despedirme al aeropuerto cuando dejé el país. Estaba harto de recibir amenazas anónimas y no se decidía a irse a España porque estaba escribiendo una pieza que necesitaba nutrirse del clima terrible de Buenos Aires. Tenía que mudarse —y eso se intuía entre líneas—, porque lo estaban cercando. Varios de nuestros amigos ya habían “caído” y él era de los que se oponían al golpe de Estado y había intentado una revista de oposición.
¿Qué hacer desde el extranjero, en esa ciudad gris y parca que es Bruselas? Denunciar el horror. Incorporarse a lo que la junta militar llamaba “la campaña antiargentina”. Es decir, visitar las redacciones de diarios y revistas para pedir que no olvidaran el drama argentino. Trabajar con Amnesty International. Publicar un periódico de esclarecimiento en Europa.
Junto a Julio Cortázar, Hipólito Solari Yrigoyen, Rodolfo Mattarollo, Carlos Gabetta, Gino Lofredo y Martínez Zemborain, sacamos en París Sin Censura, un mensuario de debate y denuncia. Otros, en Madrid, México y Estocolmo, abrieron publicaciones con el apoyo de partidos progresistas, fundaciones para la paz e iglesias protestantes.
Curiosamente no podíamos contar con los comunistas: la Unión Soviética y sus aliados daban un apoyo “crítico” a la junta para impedir —decían— que avancen sobre el gobierno “los elementos más fascistas de las fuerzas armadas”. Radio Moscú combatía las dictaduras de Uruguay, Paraguay, Chile y Brasil, pero consideraba a los jerarcas argentinos “autoridades militares”. Como reconocimiento, la junta multiplicó sus envíos de granos a la URSS durante el embargo cerealero dictado por los Estados Unidos en respuesta a la invasión de Afganistán.
En 1977 nos llegó la noticia de que un grupo de madres de desaparecidos había empezado a reunirse todos los jueves frente a la casa de gobierno, en Buenos Aires. La organizadora, Azucena Villaflor, fue secuestrada y asesinada junto a dos monjas francesas. Un joven teniente de la marina, Alfredo Astiz, se había infiltrado en el grupo de apoyo y las entregó con la misma cobardía con la que unos años más tarde —durante la guerra de las Malvinas— entregaría las Islas Georgias del Sur a las tropas inglesas sin disparar un solo tiro.
Astiz, que luego sería apodado “el ángel de la muerte” y ascendido por el gobierno constitucional de Alfonsín, fue comisionado en 1978 para viajar a París y contrarrestar la “campaña antiargentina” que los exiliados habían organizado —según la dictadura—, con el apoyo de las “democracias decadentes de Europa”.

Después de la euforia del campeonato mundial de fútbol, miles de turistas argentinos fueron a Europa a gastar los dólares baratos que obtenían en negocios de importación, o de vaciamiento de empresas nacionales proclamadas “obsoletas”.
Recuerdo que se paseaban por las calles de París con el desdén de los triunfadores. Se los escuchaba gritar en los restaurantes y en las tiendas, negar con firmeza que en la Argentina ocurriera algo anormal. Acusaban a los exiliados de enriquecerse traicionando a la patria.
La noche de año nuevo de 1979, mi mujer y yo nos habíamos refugiado de la nieve en un bar de Montmartre. Ella es francesa, pero debemos haber hablado un momento en castellano, porque un joven atildado y peinado a la brillantina se acercó a nuestra mesa y nos anunció, orgulloso, que también él era argentino. Debe habernos tomado por turistas o por imbéciles, porque inmediatamente empezó a elogiar la política económica de la dictadura y su titánica lucha contra el terrorismo apátrida.
Le pregunté si conocía la carta enviada por el periodista Rodolfo Walsh a la junta militar y al presidente Carter antes de ser secuestrado para siempre.
Me miró y me preguntó si yo era “exiliado”, es decir, subversivo. Le dije que sí, que porque existía gente como él yo estaba allí, lamentando el asesinato de tantos amigos y el saqueo de la patria. Casi llegamos a las manos.
Catherine y yo nos fuimos caminando en silencio bajo la nieve. Yo tenía vergüenza de haber nacido en el mismo lugar que ese hombre. Supongo que a él le ocurría algo parecido.

En esos días, en pleno centro de Buenos Aires, un coche se detuvo frente al Obelisco. Tres hombres bajaron a un joven, lo apoyaron sobre la pirámide y lo fusilaron delante de la gente que siguió su camino como si oyera el monótono ruido de un relámpago. Me contaron la historia en Barcelona y casi no la creí. Años más tarde, en el juicio a las juntas militares, alguien recordó haber visto la ejecución. Nadie sabía, en cambio, que existieran campos de confinamiento y tortura en la Escuela de Mecánica de la Armada, a dos pasos del estadio de River Plate, donde se había jugado el Mundial de Fútbol de 1978. En esas celdas clandestinas, ninguno de ellos tuvo un tribunal que lo juzgara. La tortura y la muerte fueron apañadas por la jerarquía de la Iglesia católica y por los grandes medios de difusión.

El caso de Jacobo Timerman, editor del diario La Opinión, donde yo trabajé tres años, fue una excepción. Al principio, en 1976, Timerman apoyó el golpe de Estado, pero se opuso a la matanza y publicó en su diario los pedidos de habeas corpus en favor de personas desaparecidas. A su turno Timerman fue encarcelado y torturado por el general Ramón Camps. Como Timerman es judío, los militares se ensañaron particularmente con él y lo interrogaron siempre delante de un retrato de Adolf Hitler.
La presión internacional, en especial desde Estados Unidos, le salvó la vida y Jorge Rafael Videla lo deportó después de quitarle la nacionalidad argentina.
A veces, por las noches, con Julio Cortázar, caminábamos por las calles desiertas de París y nos preguntábamos qué hacer. Osvaldo Bayer, desde Alemania, nos urgía a suscribir un llamado para que por lo menos cien intelectuales y científicos argentinos nos embarcáramos en un avión rumbo a Buenos Aires, acompañados de periodistas y personalidades europeas. Se trataba, según él, de golpear a la dictadura con un escándalo internacional y, sobre todo, de ser coherentes y llevar hasta las últimas consecuencias nuestra lucha contra el fascismo.
Cortázar se negó en una reunión tumultuosa que tuvimos en mi departamento de la rue de Meaux. Sostenía que el gesto sería inútil y humillante para él. Recuerdo la decepción de Bayer, su desesperación de anarquista orgulloso. Todavía hoy nos preguntamos qué habría ocurrido si aterrizábamos en Buenos Aires rodeados de fotógrafos, políticos, filósofos y sacerdotes.
Algunos conocidos cambiaban de vereda cuando los cruzábamos en las calles de París o de Roma. Esta imagen no se me borrará jamás: en el boulevard Saint Michel me topé una tarde con un periodista que había trabajado conmigo en Buenos Aires y antes de que le tendiera la mano huyó despavorido, como si viera venir a un leproso con la campanilla al cuello.

Cuando el general Leopoldo Galtieri decidió recuperar las Malvinas, los militares jugaron a todo o nada un régimen que estaba cayéndose a pedazos por el fracaso del plan económico de libre competencia y por la presión de los trabajadores, que habían desbordado a la burocracia sindical y salían a manifestar su descontento por las calles.
Pocos días antes de la reconquista de las Malvinas, la policía tuvo que disparar contra una manifestación obrera y hubo un muerto y varios heridos. Las Madres de Plaza de Mayo ya habían conmovido al mundo y Adolfo Pérez Esquivel, que conoció la cárcel militar, era Premio Nobel de la Paz.
Durante la guerra, los exiliados nos debatíamos en una espantosa encrucijada: teníamos que explicar en el extranjero, y ante los aliados de Gran Bretaña, que las Malvinas eran argentinas y, a la vez, que el gobierno que acababa de recuperarlas era ilegítimo y criminal. No podíamos apoyar el bombardeo inglés sobre nuestro territorio, ni tampoco convalidar el gesto de la dictadura que, sabíamos, era demagógico y estaba destinado a perpetuar al régimen en el poder.
Terrible disyuntiva que dividió a los exiliados en todo el mundo. Los nacionalistas, incluso algunos intelectuales que se decían de izquierda, aplaudieron o aprobaron a los militares. El filósofo León Rozitchner, desde Venezuela, sostuvo la tesis de la ilegitimidad absoluta; según él no se podía reprobar los treinta mil crímenes de la represión y convalidar la recuperación de las islas por los mismos verdugos. Yo estaba cerca de la tesis de Rozitchner, que luego se convirtió en un libro ejemplar: Malvinas: de la guerra “sucia” a la guerra “limpia”. Otra vez fuimos acusados de traición a la patria, amenazados y calumniados.
Cuando el teniente Astiz rindió las Georgias del Sur y el general Mario Menéndez entregó Puerto Argentino, la dictadura estaba resquebrajada, exhausta, y confió al general Reynaldo Bignone la misión de negociar un retorno sin traumas a la legalidad constitucional. Nunca sabremos qué se concertó entre políticos y militares para llegar a las elecciones de octubre de 1983, aunque no es difícil adivinarlo ahora, cuando los ex comandantes de las juntas están presos pero la mayoría de los represores siguen en libertad.

En abril de 1983, cuando mis novelas pudieron publicarse, regresé al país después de casi ocho años.
Fue el momento más conmovedor de mi vida. Llegué con Catherine y con el Negro Vení, el gato que me había acompañado en todos esos años de soledad y de impaciencia. Buenos Aires había sufrido mucho y se le notaba en cada esquina, en las caras apagadas de la gente. Una nube de horror y de culpa le había ensuciado el alma.

Los argentinos vamos a tardar mucho en ser felices. La hipoteca moral y económica que nos dejaron es demasiado siniestra. Las heridas están abiertas y hay demasiada gente que no puede sostener la mirada persistente de los miles de hombres y mujeres que ya no están con nosotros, que ni siquiera tienen un lugar de reposo en el camposanto. Aún las Madres de Plaza de Mayo siguen su ronda de espera dolorida. Todavía los jóvenes van a buscar la utopía a otras tierras, como nuestros abuelos la buscaron en ésta. Pero estamos aquí otra vez, mirando el futuro en puntas de pie, parados sobre un tembladeral, sacudidos por un viento que viene del pasado y no sabemos si nos arrastrará hacia el futuro, o hacia el abismo.

Orquesta de llamas -Lp-


Esa noche me desperté
o me despertaron
había dormido
más que un par de horas
y mi viejo me dijo
que se estaba quemando
el auto
un desvencijado Renault 9
me vestí rápido y salí
allí estaba el resplandor
las llamas iluminando la calle
una obra de arte
el fuego le daba protagonismo
a ese pedazo de chatarra
de fabricación en serie
pero no me puedo olvidar del sonido
en el absoluto silencio de la noche
algo tan voraz como el fuego
sonaba con tanta paz
y llegaron los bomberos
con su sirena en tono alto
rociaron todo con espuma
al pobre viejo cacharro
se acabo el espectáculo
se acabo la obra
luego intente seguir durmiendo
fue difícil
fue difícil no pensar
en ese pacifico sonido de las llamas
quizás sea la música del infierno
y sonaba muy bello.
                                                            Lp



Prescindibles -Lp-



Cuanto desperdicio.
Miles de millones de palabras
de llamadas y hojas impresas,
de mensajes y textos sin sentido,
de cemento, autos, combustible
sacos, corbatas, polleras
redes dentro de otras redes,
de masa color gris,
no se distingue entre humanos
o números,
es lo mismo,
para entrar es un número,
para salir es un número
para comer es un número,
para morir es un número.
Las grandes mentes nos dicen
que esto es necesario.
Estamos complicados,
esos sabios no saben nada
todo es antinatural
por lo tanto es prescindible
no afectaría en nada
si desaparece
¡bum! que vuele por el aire
y todo quede enterrado
que crezca el verde sobre el gris.
De lo que no podemos
prescindir es de los insectos
eso sí sería terrible
la naturaleza es sincera y sabe.

 Lp

"DEJE DE MIRARME LAS TETAS SEÑOR" de Charles Bukowski (relato completo)


Big Bart era el tío más salvaje del Oeste. Tenía la pistola más veloz del Oeste, y se había follado mayor variedad de mujeres que cualquier otro tío en el Oeste. No era aficionado a bañarse, ni a la mierda de toro, ni a discutir, ni a ser un segundón. También era guía de una caravana de emigrantes, y no había otro hombre de su edad que hubiese matado más indios, o follado más mujeres, o matado más hombres blancos.
Big Bart era un tío grande y él lo sabía y todo el mundo lo sabía. Incluso sus pedos eran excepcionales, más sonoros que la campana de la cena; y estaba además muy bien dotado, un gran mango siempre tieso e infernal. Su deber consistía en llevar las carretas a través de la sabana sanas y salvas, fornicar con las mujeres, matar a unos cuantos hombres, y entonces volver al Este a por otra caravana. Tenía una barba negra, unos sucios orificios en la nariz, y unos radiantes dientes amarillentos.
Acababa de metérsela a la joven esposa de Billy Joe, la estaba sacando los infiernos a martillazos de polla mientras obligaba a Billy Joe a observarlos. Obligaba a la chica a hablarle a su marido mientras lo hacían. Le obligaba a decir:
—¡Ah, Billy Joe, todo este palo, este cuello de pavo me atraviesa desde el coño hasta la garganta, no puedo respirar, me ahoga! ¡Sálvame, Billy Joe! ¡No, Billy Joe, no me salves! ¡Aaah!
Luego de que Big Bart se corriera, hizo que Billy Joe le lavara las partes y entonces salieron todos juntos a disfrutar de una espléndida cena a base de tocino, judías y galletas.
Al día siguiente se encontraron con una carreta solitaria que atravesaba la pradera por sus propios medios. Un chico delgaducho, de unos dieciséis años, con un acné cosa mala, llevaba las riendas. Big Bart se acercó cabalgando.
—¡Eh, chico! —dijo.
El chico no contestó.
—Te estoy hablando, chaval...
—Chúpame el culo —dijo el chico.
—Soy Big Bart.
—Chúpame el culo.
—¿Cómo te llamas, hijo?
—Me llaman «El Niño».
—Mira, Niño, no hay manera de que un hombre atraviese estas praderas con una sola carreta.
—Yo pienso hacerlo.
—Bueno, son tus pelotas, Niño —dijo Big Bart, y se dispuso a dar la vuelta a su caballo, cuando se abrieron las cortinas de la carreta y apareció esa mujercita, con unos pechos increíbles, un culo grande y bonito, y unos ojos como el cielo después de la lluvia. Dirigió su mirada hacia Big Bart, y el cuello de pavo se puso duro y chocó contra el torno de la silla de montar.
—Por tu propio bien, Niño, vente con nosotros.
—Que te den por el culo, viejo —dijo el chico—. No hago caso de avisos de viejos follamadres con los calzoncillos sucios.
—He matado a hombres sólo porque me disgustaba su mirada.
El Niño escupió al suelo. Entonces se incorporó y se rascó los cojones.
—Mira, viejo, me aburres. Ahora desaparece de mi vista o te voy a convertir en una plasta de queso suizo.
—Niño —dijo la chica asomándose por encima de él, saliéndosele una teta y poniendo cachondo al sol—. Niño, creo que este hombre tiene razón. No tenemos posibilidades contra esos cabronazos de indios si vamos solos. No seas gilipollas. Dile a este hombre que nos uniremos a ellos.
—Nos uniremos —dijo el Niño.
—¿Cómo se llama tu chica? —preguntó Big Bart.
—Rocío de Miel —dijo el Niño.
—Y deje de mirarme las tetas, señor —dijo Rocío de Miel— o le voy a sacar la mierda a hostias.
Las cosas fueron bien por un tiempo. Hubo una escaramuza con los indios en Blueball Canyon. 37 indios muertos, uno prisionero. Sin bajas americanas. Big Bart le puso una argolla en la nariz...
Era obvio que Big Bart se ponía cachondo con Rocío de Miel. No podía apartar sus ojos de ella. Ese culo, casi todo por culpa de ese culo. Una vez mirándola se cayó de su caballo y uno de los cocineros indios se puso a reír. Quedó un sólo cocinero indio.
Un día Big Bart mandó al Niño con una partida de caza a matar algunos búfalos. Big Bart esperó hasta que desaparecieron de la vista y entonces se fue hacia la carreta del Niño. Subió por el sillín, apartó la cortina, y entró. Rocío de Miel estaba tumbada en el centro de la carreta masturbándose.
—Cristo, nena —dijo Big Bart—. ¡No lo malgastes!
—Lárgate de aquí —dijo Rocío de Miel sacando el dedo de su chocho y apuntando a Big Bart—. ¡Lárgate de aquí echando leches y déjame hacer mis cosas!
—¡Tu hombre no te cuida lo suficiente, Rocío de Miel!
—Claro que me cuida, gilipollas, sólo que no tengo bastante. Lo único que ocurre es que después del período me pongo cachonda.
—Escucha, nena...
—¡Que te den por el culo!
—Escucha, nena, contempla...
Entonces sacó el gran martillo. Era púrpura, descapullado, infernal, y basculaba de un lado a otro como el péndulo de un gran reloj. Gotas de semen lubricante cayeron al suelo.
Rocío de Miel no pudo apartar sus ojos de tal instrumento. Después de un rato
dijo:
—¡No me vas a meter esa condenada cosa dentro!
—Dilo como si de verdad lo sintieras, Rocío de Miel.
—¡NO VAS A METERME ESA CONDENADA COSA DENTRO!
—¿Pero por qué? ¿Por qué? ¡Mírala!
—¡La estoy mirando!
—¿Pero por qué no la deseas?
—Porque estoy enamorada del Niño.
—¿Amor? —dijo Big Bart riéndose—. ¿Amor? ¡Eso es un cuento para idiotas! ¡Mira esta condenada estaca! ¡Puede matar de amor a cualquier hora!
—Yo amo al Niño, Big Bart.
—Y también está mi lengua —dijo Big Bart—. ¡La mejor lengua del Oeste!
La sacó e hizo ejercicios gimnásticos con ella.
—Yo amo al Niño —dijo Rocío de Miel.
—Bueno, pues jódete —dijo Big Bart y de un salto se echó encima de ella. Era un trabajo de perros meter toda esa cosa, y cuando lo consiguió, Rocío de Miel gritó. Había dado unos siete caderazos entre los muslos de la chica, cuando se vio arrastrado rudamente hacia atrás.
ERA EL NIÑO, DE VUELTA DE LA PARTIDA DE CAZA.
—Te trajimos tus búfalos, hijoputa. Ahora, si te subes los pantalones y sales afuera, arreglaremos el resto...
—Soy la pistola más rápida del Oeste —dijo Big Bart.
—Te haré un agujero tan grande, que el ojo de tu culo parecerá sólo un poro de la piel —dijo el Niño—. Vamos, acabemos de una vez. Estoy hambriento y quiero cenar. Cazar búfalos abre el apetito...
Los hombres se sentaron alrededor del campo de tiro, observando. Había una tensa vibración en el aire. Las mujeres se quedaron en las carretas, rezando, masturbándose y bebiendo ginebra. Big Bart tenía 34 muescas en su pistola, y una fama infernal. El Niño no tenía ninguna muesca en su arma, pero tenía una confianza en sí mismo que Big Bart no había visto nunca en sus otros oponentes. Big Bart parecía el más nervioso de los dos. Se tomó un trago de whisky, bebiéndose la mitad de la botella, y entonces caminó hacia el Niño.
—Mira, Niño...
—¿Sí, hijoputa...?
—Mira, quiero decir, ¿por qué te cabreas?
—¡Te voy a volar las pelotas, viejo!
—¿Pero por qué?
—¡Estabas jodiendo con mi mujer, viejo!
—Escucha, Niño, ¿es que no lo ves? Las mujeres juegan con un hombre detrás de otro. Sólo somos víctimas del mismo juego.
—No quiero escuchar tu mierda, papá. ¡Ahora aléjate y prepárate a desenfundar!
—Niño...
—¡Aléjate y listo para disparar!
Los hombres en el campo de fuego se levantaron. Una ligera brisa vino del Oeste oliendo a mierda de caballo. Alguien tosió. Las mujeres se agazaparon en las carretas, bebiendo ginebra, rezando y masturbándose. El crepúsculo caía.
Big Bart y el Niño estaban separados 30 pasos.
—Desenfunda tú, mierda seca —dijo el Niño—, desenfunda, viejo de mierda, sucio rijoso.
Despacio, a través de las cortinas de una carreta, apareció una mujer con un rifle. Era Rocío de Miel. Se puso el rifle al hombro y lo apoyó en un barril.
—Vamos, violador cornudo —dijo el Niño—. ¡DESENFUNDA!
La mano de Big Bart bajó hacia su revolver. Sonó un disparo cortando el crepúsculo. Rocío de Miel bajó su rifle humeante y volvió a meterse en la carreta. El Niño estaba muerto en el suelo, con un agujero en la nuca. Big Bart enfundó su pistola sin usar y caminó hacia la carreta. La luna estaba ya alta.