Hace un tiempo comencé una serie de dibujos que llamé Anti-Algoritmo. La idea surgió casi sin darme cuenta. Empecé a dibujar una radio portátil, un walkman, un casete, una cámara de fotos, un libro, una carta, una lapicera, una mesa con un cuaderno. Objetos comunes, de esos que forman o formaron parte de la vida cotidiana. No los dibujo por nostalgia ni porque quiera caer en eso que antes todo era mejor. Los dibujo porque todavía me dicen algo. Algunos sigo utilizándolos cotidianamente. Un libro no compite por tu atención. Una radio no te interrumpe con notificaciones. Un casete nos obliga a escuchar un lado completo antes de darlo vuelta. Una carta tardaba días en llegar y la ansiedad podíamos manejarla. Una cámara analógica con rollo nos hacía analizar muy bien sobre qué objetivo íbamos a gastar una foto. Todos exigen tiempo. Un tiempo que hoy parece que hemos perdido. Ninguno de estos objetos fue diseñado con la intención de mantenernos conectados todo el día a ellos, ni para convertir cada momento en un dato más dentro de un algoritmo.
Esta serie no habla de estos objetos en particular. Habla de otra manera de habitar el tiempo. De sentarse a una mesa con una hoja en blanco sin esperar nada más que el silencio y que llegue la inspiración creativa. De escuchar un disco entero sin apurarnos a cambiar de tema en tema. De leer un libro sin mirar el celular cada cinco minutos. De volver escribir una carta en papel o escribir un diario personal todos los días. De dibujar o simplemente quedarse pensando e imaginando. Estos objetos que sobreviven al tiempo, todavía conservan algo difícil de encontrar en estos días, la posibilidad de estar enfocados en una sola cosa a la vez.
Por eso los dibujo. Porque, en medio de tanta pantalla y tanto ruido, todavía me recuerdan que existe una forma más lenta, más simple y, quizás, más libre de habitar el mundo.

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