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Reseña comix: Diario de una desaparición, de Hideo Azuma.

Este manga lo encontré de casualidad digital, navegando por grupos de telegram  un viernes a la noche mientras escuchaba Linterna Mágica en la radio. No estaba buscando particularmente nada de Hideo Azuma ya que desconocía a este autor. Fue más bien uno de esos encuentros casuales con una obra que enseguida cautivo mi atención.

Diario de una desaparición, de Hideo Azuma, es una autobiografía bastante particular porque parte de una situación que, contada de otra manera, podría convertirse fácilmente en un relato oscuro y dramático. Azuma cuenta las veces que decidió desaparecer de su casa y de su trabajo, dejando atrás por un tiempo su vida como mangaka profesional para terminar durmiendo en la calle, buscando comida, juntando objetos y tratando de sobrevivir como podía. Lo curioso es que no presenta estas experiencias desde el lugar de la víctima ni intenta construir una épica alrededor de su propia caída. Las cuenta con una mezcla extraña de distancia, humor y cotidianeidad.

Azuma era un autor reconocido y tenía una carrera exitosa, pero esa misma profesión que le permitía vivir de dibujar también se convirtió en una máquina de producir presión. Las entregas, los plazos, las exigencias de las editoriales y la necesidad de mantener un ritmo constante terminan funcionando como una especie de encierro. En lugar de adaptarse a esa lógica, Azuma en determinados momentos hace algo bastante radical: se va. Desaparece. Deja el departamento, el trabajo y las obligaciones y se convierte por un tiempo en otra persona, alguien que busca dónde dormir y qué comer. Hay algo casi absurdo en el contraste entre el mangaka profesional y el hombre que termina revolviendo la basura para encontrar algo que pueda servirle, y Azuma aprovecha justamente ese absurdo para construir el relato.

El dibujo acompaña perfectamente esa idea. No hay una búsqueda de espectacularidad ni de virtuosismo gráfico. El trazo es simple, casi infantil por momentos, y las situaciones más desagradables aparecen dibujadas con una naturalidad que las vuelve todavía más extrañas. Azuma puede estar contando algo bastante duro y, unas viñetas después, introducir un detalle ridículo que rompe completamente la solemnidad.

Diario de una desaparición puede leerse como una historia sobre un hombre que escapa de su trabajo, pero también como una historia sobre el agotamiento. Azuma muestra hasta qué punto una actividad que ama puede transformarse en una fuente permanente de presión cuando está atravesada por fechas de entrega y exigencias editoriales. No hace falta que el libro explique demasiado, alcanza con observar sus idas y vueltas para entender que algo de ese sistema no estaba funcionando. Y quizás lo más fuerte sea que Azuma no ofrece una solución definitiva. Desaparece, vuelve, trabaja, vuelve a desaparecer. La fuga se convierte en un ciclo.