Diario de una desaparición, de Hideo Azuma, es
una autobiografía bastante particular porque parte de una situación que,
contada de otra manera, podría convertirse fácilmente en un relato oscuro y dramático.
Azuma cuenta las veces que decidió desaparecer de su casa y de su trabajo,
dejando atrás por un tiempo su vida como mangaka profesional para terminar
durmiendo en la calle, buscando comida, juntando objetos y tratando de
sobrevivir como podía. Lo curioso es que no presenta estas experiencias desde
el lugar de la víctima ni intenta construir una épica alrededor de su propia
caída. Las cuenta con una mezcla extraña de distancia, humor y cotidianeidad.
Azuma era un autor reconocido y tenía una carrera
exitosa, pero esa misma profesión que le permitía vivir de dibujar también se
convirtió en una máquina de producir presión. Las entregas, los plazos, las
exigencias de las editoriales y la necesidad de mantener un ritmo constante
terminan funcionando como una especie de encierro. En lugar de adaptarse a esa
lógica, Azuma en determinados momentos hace algo bastante radical: se va.
Desaparece. Deja el departamento, el trabajo y las obligaciones y se convierte
por un tiempo en otra persona, alguien que busca dónde dormir y qué comer. Hay
algo casi absurdo en el contraste entre el mangaka profesional y el hombre que
termina revolviendo la basura para encontrar algo que pueda servirle, y Azuma
aprovecha justamente ese absurdo para construir el relato.
Diario de una desaparición puede leerse como
una historia sobre un hombre que escapa de su trabajo, pero también como una
historia sobre el agotamiento. Azuma muestra hasta qué punto una actividad que
ama puede transformarse en una fuente permanente de presión cuando está
atravesada por fechas de entrega y exigencias editoriales. No hace falta que
el libro explique demasiado, alcanza con observar sus idas y vueltas para
entender que algo de ese sistema no estaba funcionando. Y quizás lo más fuerte
sea que Azuma no ofrece una solución definitiva. Desaparece, vuelve, trabaja,
vuelve a desaparecer. La fuga se convierte en un ciclo.


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