Es un libro pequeño, de formato cuadrado, compuesto por decenas de microtextos que pueden ser un recuerdo, una ocurrencia o una observación al pasar. Separados por asteriscos ***, estos fragmentos terminan por armar una especie de mapa de la manera de pensar de Aira. Habla de literatura, de arte, de los escritores que admira y de sus hábitos como lector. Lo hace sin solemnidad. Muchas veces, una anécdota mínima deriva en una reflexión inesperada sobre la escritura o la imaginación.
Me interesa especialmente la defensa que Aira hace de la invención. En estos breves ensayos sostiene que la literatura no tiene por qué rendirle cuentas a la realidad. No intenta ofrecer respuestas ni construir un sistema de ideas. Prefiere desviarse, probar caminos y encontrar relaciones inesperadas entre cosas que, en apariencia, no tienen nada que ver. Esa libertad para pensar es, quizás, una de las mayores virtudes del libro.
Transcribo uno de los fragmentos que más me gustó:
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A una pintura abstracta se la puede seguir pintando indefinidamente. El artista le puede agregar otra raya, otro círculo, otro color, tapar un azul con un verde, poner un punto negro en medio de una mancha roja, rodear otras con olas o picos, cruzarlo todo con una diagonal blanca. Las posibilidades siguen abiertas siempre.
No es que en la pintura figurativa no se puedan hacer cambios y agregados, pero ahí hay límites marcados por el tema y el argumento. En lo abstracto, lo que da esa libertad de modificación infinita lo confirma el hecho de que la música, el arte abstracto por naturaleza, también admite que el compositor siga cambiando o agregando otra nota, otro acorde, otro contrapunto. ¿Hasta cuándo? Hasta que el artista dé un paso atrás, contemple y quede satisfecho.
Y tendrá que quedar satisfecho a la larga. No hay cuadro abstracto tan malo que no se le pueda seguir pintando encima hasta que quede bien. Es solo cuestión de tiempo.
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