Serie Anti-Algoritmo



Hace un tiempo comencé una serie de dibujos que llamé Anti-Algoritmo. La idea surgió casi sin darme cuenta. Empecé a dibujar una radio portátil, un walkman, un casete, una cámara de fotos, un libro, una carta, una lapicera, una mesa con un cuaderno. Objetos comunes, de esos que forman o formaron parte de la vida cotidiana. No los dibujo por nostalgia ni porque quiera caer en eso  que antes todo era mejor. Los dibujo porque todavía me dicen algo. Algunos sigo utilizándolos cotidianamente. Un libro no compite por tu atención. Una radio no te interrumpe con notificaciones. Un casete nos obliga a escuchar un lado completo antes de darlo vuelta. Una carta tardaba días en llegar y la ansiedad podíamos manejarla. Una cámara analógica con rollo nos hacía analizar muy bien sobre qué objetivo íbamos a gastar una foto. Todos exigen tiempo. Un tiempo que hoy parece que hemos perdido. Ninguno de estos objetos fue diseñado con la intención de mantenernos conectados todo el día a ellos, ni para convertir cada momento en un dato más dentro de un algoritmo.

Esta serie no habla de estos objetos en particular. Habla de otra manera de habitar el tiempo. De sentarse a una mesa con una hoja en blanco sin esperar nada más que el silencio y que llegue la inspiración creativa. De escuchar un disco entero sin apurarnos a cambiar de tema en tema. De leer un libro sin mirar el celular cada cinco minutos. De volver escribir una carta en papel o escribir un diario personal todos los días. De dibujar o simplemente quedarse pensando e imaginando. Estos objetos que sobreviven al tiempo, todavía conservan algo difícil de encontrar en estos días, la posibilidad de estar enfocados en una sola cosa a la vez.

Por eso los dibujo. Porque, en medio de tanta pantalla y tanto ruido, todavía me recuerdan que existe una forma más lenta, más simple y, quizás, más libre de habitar el mundo.

Diario: Chernobyl: The Fall of Atomgrad

Miércoles 12 de mayo

En el trabajo estuve bastante ocupado, pero de todos modos tuve tiempo para pensar y tomar algunas notas para el blog y los fanzines que quiero hacer. Se me ocurrieron varias ideas. Una historieta sobre las redes sociales y lo beneficioso que puede ser alejarse de ellas. También pensé en pasar el cuaderno que escribo a mano todos los días a un documento en Drive. Me gustaría tener ese material ordenado y disponible para ir publicándolo en el blog.

Recién volví del fútbol, partido de fútbol cinco y después nos quedamos a comer unos choris. Todo terminó temprano, así que ya estoy en casa, escuchando música y leyendo Chernobyl: The Fall of Atomgrad, un cómic del autor checo Matyáš Namai.

Lo más interesante del planteo de esta historieta es que aborda un hecho ampliamente conocido desde una perspectiva diferente. El desastre nuclear no aparece solamente como una falla técnica o un error humano, sino como la consecuencia inevitable de una maquinaria política sostenida por el silencio, la obediencia jerárquica y la incapacidad de reconocer los propios errores. La burocracia soviética termina siendo tan responsable de la tragedia como el accidente mismo.

Desde el punto de vista gráfico y narrativo, la obra es excelente. La reconstrucción de la ciudad, de la central nuclear y de los escenarios está muy bien documentada, al igual que el amplio elenco de personajes que atraviesa la historia. Quizás su único punto débil sea la ambición del relato. En apenas 112 páginas intenta abarcar demasiadas historias individuales y, por momentos, el ritmo resulta tan acelerado que algunas de ellas no alcanzan a desarrollarse con la profundidad que merecen.

Más allá de la reconstrucción histórica, el cómic deja una sensación incómoda. Chernóbil aparece como la prueba de que una tragedia nunca es consecuencia de un solo error, sino de una cadena de decisiones, silencios y obediencias que terminan volviéndose incontrolables. Es una obra que habla del pasado, pero que también obliga a pensar en los peligros de cualquier sistema que privilegie el poder por encima de la verdad.

Diario: El Discurso vacío, Mario Levrero

Domingo 10 de mayo

Al mediodía fui a comer a lo de mi madre y luego llevé a Ate al parque. Aproveché y también llevé un libro para leer un rato. El sol calentaba lindo y no sentí el frío, aunque había viento.

A las ocho y media de la noche llegó Mely de Bs As, volvía de la feria internacional del libro, pase a buscarla por la terminal. Trajo muchos libros, cargamos las valijas en el auto y regresamos a casa. Cenamos una sopa bien calentita.

Luego, nos relajamos en el sillón a leer, yo seguí con la lectura de “El discurso vacío”, de Mario Levrero.

En este libro Levrero se propone algo tan simple como hacer ejercicios de caligrafía. Sin embargo, ese plan dura apenas unas páginas. Como si su propia cabeza se negara a seguir un camino recto, enseguida empieza a desviarse hacia pequeñas anécdotas cotidianas, recuerdos, preocupaciones y pensamientos que aparecen sin pedir permiso. Lo que parecía un cuaderno de ejercicios termina convirtiéndose en una especie de diario íntimo donde la escritura funciona como una excusa para explorar su propia conciencia.

Lo fascinante es que Levrero nunca intenta mostrarse como alguien que tiene todo bajo control. Al contrario, escribe desde la duda, la distracción y el fracaso de los pequeños objetivos que se propone. Cada vez que intenta ordenar su vida o imponer una rutina, algo lo desvía. Y justamente ahí está la riqueza del libro: en aceptar que la mente nunca funciona de manera prolija y que vivir también consiste en perderse, postergar y volver a empezar. Es imposible no sentirse identificado con alguna de esas escenas.

Aunque fue escrito en los años noventa, el libro parece dialogar con una preocupación muy actual: la necesidad de ser cada vez más productivos, más eficientes y mejores versiones de nosotros mismos. Levrero, sin proponérselo, desmonta esa ilusión mostrando que detrás de cualquier intento de control siempre aparecen la fragilidad, el cansancio y las contradicciones. Y quizás por eso sigue siendo un libro tan vigente: porque nos recuerda que la vida rara vez se acomoda a nuestros planes y que, muchas veces, es en esos desvíos donde aparece lo más verdadero.

Lectura: Ensayos de Saer

Miércoles 6 de Mayo


Ayer, en La Vigil, estuve leyendo los ensayos de Saer y me interesó uno en particular sobre John Dos Passos. La reflexión de Saer gira en torno al arte y a su reducción a una cuestión moral, ideológica o a algo más profundo que eso.

La idea central del texto se desarrolla a partir de una tensión que no puede resolverse por completo: el arte parece estar siempre tironeado entre la necesidad de decir algo sobre el mundo y la imposibilidad de hacerlo de manera clara, cerrada o definitiva. Por un lado, en la modernidad aparece una fuerte exigencia de que el arte tenga un sentido, que esté comprometido, que sirva para explicar o intervenir en la realidad. Esa exigencia puede adoptar formas morales «el artista debe comprometerse», políticas (por ejemplo, ciertas lecturas del marxismo que ven el arte como expresión directa de la lucha de clases) o incluso estéticas, como la idea de que el arte debe seguir determinadas formas «correctas». Pero el texto señala que todas esas posiciones, cuando se vuelven rígidas, terminan por empobrecer el fenómeno artístico.

Lo que se cuestiona no es que el arte tenga relación con la historia o con la sociedad, sino la pretensión de que esa relación sea directa, transparente y reducible a una sola explicación. Cuando se afirma que una obra «expresa» tal ideología o tal clase social, se corre el riesgo de tratarla como un simple vehículo de ideas, como si su valor residiera únicamente en el mensaje que transmite. El texto sostiene que ahí se pierde algo fundamental: la especificidad del arte, su modo particular de producir sentido.

En ese punto aparece la figura de John Dos Passos como un caso ejemplar. Su obra, especialmente la trilogía USA, logra incorporar todos esos elementos que suelen exigirse al arte (contenido social, presencia de la historia, multiplicidad de personajes e incluso una mirada sobre la lucha de clases) sin transformarlos en una explicación cerrada del mundo.

En lugar de ordenar la realidad bajo una idea clara, Dos Passos construye una experiencia: una acumulación de vidas, episodios y fragmentos que el lector recorre como si atravesara un viaje. No hay un centro evidente ni una jerarquía clara entre los acontecimientos. Lo que existe es una especie de flujo continuo donde lo individual y lo colectivo se mezclan. A través de este procedimiento, la historia deja de ser una teoría y se convierte en algo vivido. No se presenta como un sistema observado desde afuera, sino como una experiencia que se atraviesa desde dentro, con todas sus confusiones, repeticiones y pérdidas.

En ese sentido, la obra no responde a la pregunta de si la historia tiene o no sentido, sino que la mantiene abierta. Allí es donde el texto encuentra su punto más fuerte. En lugar de ofrecer una respuesta ideológica, Dos Passos expone la pregunta con toda su crudeza.

Para concluir, Saer dice que una obra puede cumplir con todas las exigencias que suelen hacérsele al arte (ser social, histórica y comprometida) y, al mismo tiempo, desarmarlas desde adentro. Porque en el momento en que intenta representar la realidad de manera plena, lo que surge no es un orden claro sino una complejidad que desborda cualquier esquema previo.

Por eso el texto de Saer concluye, aunque de manera implícita, que el arte no puede reducirse ni a la moral, ni a la ideología, ni a la sociología. Puede dialogar con todas ellas, pero siempre conserva un «resto» que no se deja atrapar. Ese resto es lo que hace que el arte constituya una forma particular de conocimiento: no un conocimiento que explica y ordena, sino uno que muestra, expone y obliga a pensar sin ofrecer garantías.

En el caso de Dos Passos, ese conocimiento adopta la forma de una gran pregunta sobre la historia y el sentido de la vida humana, una pregunta que no se resuelve pero que, precisamente por eso, adquiere una potencia mayor.


Diario: Crímenes del futuro, de Cronenberg

Domingo 3 de Mayo

A la mañana fui al fútbol. Jugaba mi equipo. Estoy lesionado y no puedo jugar, así que estuve para apoyarlos. El equipo anda bien y ganamos 3 a 0.

Al mediodía Mely hizo ravioles con pesto, deliciosos. Luego llevamos a Ate al parque y tomamos unos ricos mates.

A la noche llegó Lauta a casa para ver una película. Miramos Crímenes del futuro, de Cronenberg. Es una película rara. Transcurre en un futuro en el que a la humanidad le ocurrió algo: una evolución de los cuerpos y de los aparatos digestivos, con la aparición de nuevos órganos y también de tumores.

El mensaje es claro: el ser humano evoluciona para poder consumir alimentos a base de plástico. El arte se basa en tajear y mutilar cuerpos, cortar órganos; no existe el dolor. Es una película algo gore y extraña. Representa la culminación y la evolución de las ideas que Cronenberg desarrolló a lo largo de toda su vida.


Reseña de Comix: SARTRE Mathilde Ramadier & Anais Depommier


Esta historieta editada en Argentina por Godot en 2019, reconstruye la vida de Jean-Paul Sartre desde la infancia hasta su consagración como figura pública e intelectual comprometido. No lo hace como un manual de filosofía ni como una línea de tiempo escolar. Ramadier elige un tono narrativo que se detiene en escenas, diálogos y momentos íntimos: la formación del joven brillante y miope, la experiencia de la guerra, el vínculo central (intelectual y afectivo) con Simone de Beauvoir y la construcción de una figura pública que decide vivir de acuerdo con la idea radical de libertad que predica.

Lo interesante es que el libro no convierte a Sartre en una estatua La novela gráfica transmite con eficacia esa tensión entre el hombre y el mito, entre el pensador del compromiso y el individuo que también necesitaba reconocimiento. Incluso el episodio de su rechazo al Nobel se presenta como un gesto coherente con su postura, aunque atravesado por cierta ambigüedad.

El dibujo de Depommier acompaña con una línea clara y una paleta sobria que favorecen una lectura pausada. No hay espectacularidad ni artificio: predominan los interiores, los cafés, los escritorios, las calles parisinas. Es un libro que avanza a buen ritmo y cuyos capítulos invitan a cerrar el volumen para quedarse un momento en silencio frente a lo leído.

Quien busque explicaciones sistemáticas de la filosofía sartreana puede quedarse con ganas de mayor desarrollo conceptual. La obra no se propone explorar en detalle esa dimensión teórica, sino mostrar, a través de una biografía concreta, cómo las ideas sobre la libertad, la responsabilidad y el compromiso toman forma en una existencia singular. Allí radica su mayor virtud: hace visible que la filosofía, en el caso de Sartre, no fue un ejercicio académico aislado, sino una manera de estar en el mundo. Y ese recordatorio, en tiempos de pensamiento rápido y opiniones fugaces, devuelve espesor a la palabra compromiso y devuelve también a la lectura su poder de interpelación.


Recorrido urbano por el centro de Rosario, vacaciones.

Fui con Mely al centro sin plan fijo. Caminamos un poco y entramos a El Pez Volador, en calle San Lorenzo. Revisé las bateas de cómics, libros y música. En los CDs usados encontré un disco doble de Count Basie. Lo compré.

En el camino saqué varias fotos del centro con mi cámara digital de 2005. Vidrieras, veredas, edificios, galerías. Me gusta cómo esa cámara registra la luz, un poco dura, un poco plana; uso la función en tono sepia.

Al mediodía almorzamos en Blackford; los menús del día son baratos. Pedí carne al horno con puré mixto. Mely, filete de merluza con ensalada. Comimos sin apuro y disfrutamos el aire acondicionado del bar. De postre, helado de americana.

Luego paseamos por las galerías. En la Galería Rosario siempre voy a Eternia Store para ver los cómics usados que venden y las figuras de colección. También miramos las vidrieras de las tiendas de hobbies.

Necesitábamos comprar algunas cosas, así que fuimos a un mayorista chino. Después caminamos por calle Rioja rumbo a Mandrake Libros, la librería donde trabaja nuestro amigo Lauta. Nos quedamos bastante tiempo ahí. Charlamos. Miré libros y, como siempre, me llevé alguno: compré dos, uno de Miguel Grinberg y otro de Dalmiro Sáenz.

Tomamos el colectivo y volvimos a casa. A la noche, Mely hizo tarta de caprese. Abrimos un vino. Puse el CD de Basie y lo escuchamos mientras comíamos.

Día simple: centro, fotos, música, libros. Esas son mis vacaciones.