Domingo 10 de mayo
Lo fascinante es que Levrero nunca intenta mostrarse
como alguien que tiene todo bajo control. Al contrario, escribe desde la duda,
la distracción y el fracaso de los pequeños objetivos que se propone. Cada vez
que intenta ordenar su vida o imponer una rutina, algo lo desvía. Y justamente
ahí está la riqueza del libro: en aceptar que la mente nunca funciona de manera
prolija y que vivir también consiste en perderse, postergar y volver a empezar.
Es imposible no sentirse identificado con alguna de esas escenas.
Aunque fue escrito en los años noventa, el libro parece dialogar con una
preocupación muy actual: la necesidad de ser cada vez más productivos, más
eficientes y mejores versiones de nosotros mismos. Levrero, sin proponérselo,
desmonta esa ilusión mostrando que detrás de cualquier intento de control
siempre aparecen la fragilidad, el cansancio y las contradicciones. Y quizás
por eso sigue siendo un libro tan vigente: porque nos recuerda que la vida rara
vez se acomoda a nuestros planes y que, muchas veces, es en esos desvíos donde
aparece lo más verdadero.





