Bolsilibro de ciencia ficción - Luchadores del Espacio - Alfonso Arizmendi

 Domingo 14 de junio

Al mediodía almorcé en la casa de mi mamá y, por la tarde, con Mely fuimos a ECU, donde se hacía la Feria de Libros de Viejo. Como siempre, nos encontramos con algunos libreros amigos, compartimos unos mates, conversamos un rato y recorrimos las mesas repletas de libros usados. Había mucha gente revisando ejemplares y comprando. Da gusto ver ese entusiasmo por la lectura, aunque uno sepa que la feria es también una pequeña burbuja donde estamos todos los interesados en los libros.

Había ido con la idea de comprar uno o dos libros como mucho, pero en el puesto de mi amigo Rubén (De la Manta Libros) encontré varios bolsilibros españoles de ciencia ficción. Me llevé unos cuantos, entre ellos El enigma de Acron, de la colección Luchadores del Espacio, escrito por un tal Alf Regaldy. Cuando llegué a casa, investigué un poco y descubrí que Alf Regaldy era el seudónimo de Alfonso Arizmendi. Su historia me resultó casi tan interesante como el libro. Alfonso Arizmendi además de escritor, había combatido en la Guerra Civil Española del lado republicano y pasado varios años en prisión. Durante la dura posguerra encontró en la literatura popular una forma de ganarse la vida. Escribió cientos de novelas para distintas editoriales y dentro de varios géneros. La ciencia ficción fue apenas una parte de su producción, pero le alcanzó para dejar su huella en una de las colecciones más recordadas de la literatura popular española. 

A veces prestamos más atención a las obras que a las condiciones en las que fueron escritas. Arizmendi escribió muchísimo, con el oficio y la imaginación necesarios para sostener el ritmo de la aventura. Detrás de aquellos bolsilibros baratos, con sus portadas de astronautas, monstruos y planetas lejanos, también había escritores con vidas atravesadas por la guerra, la cárcel y las dificultades económicas. La crítica no siempre les dio el lugar que merecían, pero sus novelas acompañaron durante décadas a miles de lectores. 
Estos libritos conservan todo el encanto de las ediciones pulp de aquella época, formato pequeño, papel económico y tapas ilustradas que prometen aventuras espaciales, amenazas desconocidas y mundos lejanos, por eso cuando encuentro algunas de estas ediciones la tentación de llevarlos me supera. 

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El enigma de Acrón, Alf Regaldie: es el número 30 de la colección española Luchadores del Espacio, publicada por Editorial Valenciana. La novela continúa la historia de D-3, base de monstruos y forma parte de la serie Destructores de mundos. En medio de una batalla entre dos bandos, un comando secuestra al profesor Añua para aprovechar sus conocimientos científicos. Los terrestres cuentan con una tecnología superior y sus enemigos buscan la manera de equilibrar la contienda. A partir de esta situación, Regaldie desarrolla una aventura de ciencia ficción con enfrentamientos, intrigas y amenazas que ponen en juego el destino de sus protagonistas.
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Lectura: Chester Himes "Todos Muertos"

 Los detectives Ataúd Ed Johnson y Sepulturero Jones recorren las calles de Harlem, Chester Himes creó a esta pareja de policías para llevar la novela negra a un lugar bastante alejado de los detectives que resuelven enigmas con paciencia y deducción. Acá todo parece estar fuera de control. La novela comienza con un cadáver, una persecución, personajes que ocultan sus verdaderas intenciones y una sucesión de situaciones absurdas que se encadenan sin dar respiro. Lo que inicia como una investigación policial termina convertido en una historia donde el caos y la muerte, como anuncia el título, parecen gobernarlo todo. Himes no se preocupa demasiado por mantener las cosas en orden. Al contrario, parece disfrutar cuando todo es un quilombo interminable.

Uno de los grandes aciertos de Todos muertos es el retrato que hace Chester Himes del Harlem. El barrio no funciona como un simple escenario por donde desfilan los personajes, sino como un personaje más de la novela. Himes conoce ese territorio porque vivió allí muchos años  y consigue transmitir su energía sin esconder las miserias que lo atraviesan. Hay humor, desesperación, violencia y una desconfianza permanente. Nadie parece estar del todo a salvo y casi todos tienen algo que ocultar. Detrás de las situaciones disparatadas aparece una sociedad atravesada por el racismo y las desigualdades, donde el dinero puede cambiarlo todo y donde cada personaje busca la manera de salir adelante como puede. La crítica social nunca necesita convertirse en un discurso solemne, aparece directamente en las acciones de los personajes, en los diálogos y en la propia locura de los acontecimientos.

Me gusta esa manera que tiene Himes de utilizar el policial para mostrar un mundo que ya está bastante enfermo antes de que empiece la investigación. La violencia no aparece como una excepción que viene a romper el orden, sino como parte de un paisaje cotidiano. Y en medio de todo eso están Ataúd y Sepulturero, dos detectives que parecen hechos a la medida de ese universo absurdo, capaces de moverse entre el peligro y el disparate sin que nada termine de sorprenderlos. Todos muertos no es una novela para quienes buscan un policial prolijo, con pistas que se acomodan y una explicación final que deja todo en su lugar. Es una historia que te arrastra de una situación a otra, te obliga a seguir el ritmo de su locura y, mientras tanto, te deja frente a una mirada bastante lúcida sobre la violencia, el racismo y las máscaras que las personas utilizan para sobrevivir. Aplaudo a Chester Himes como uno de los escritores más grandes y originales del género. Tiene una voz propia, una forma de narrar que no se parece a la de nadie y una capacidad extraordinaria para encontrar, detrás del absurdo, las miserias de la sociedad que retrata.

Lectura: Ideas diversas, de César Aira

Martes 9 de junio

Por la tarde, como todos los martes, fui a la Biblioteca Vigil. Me gusta lo que llamo el encuentro fortuito con los libros. No busco un título específico. Simplemente recorro las estanterías hasta encontrar algún libro que llame mi atención. Esta semana ya estaban disponibles las novedades que la biblioteca compró en la Feria del Libro. Entre ellas encontré Ideas diversas, de César Aira, editado por Blatt & Ríos.

Es un libro pequeño, de formato cuadrado, compuesto por decenas de microtextos que pueden ser un recuerdo, una ocurrencia o una observación al pasar. Separados por asteriscos ***, estos fragmentos terminan por armar una especie de mapa de la manera de pensar de Aira. Habla de literatura, de arte, de los escritores que admira y de sus hábitos como lector. Lo hace sin solemnidad. Muchas veces, una anécdota mínima deriva en una reflexión inesperada sobre la escritura o la imaginación.

Me interesa especialmente la defensa que Aira hace de la invención. En estos breves ensayos sostiene que la literatura no tiene por qué rendirle cuentas a la realidad. No intenta ofrecer respuestas ni construir un sistema de ideas. Prefiere desviarse, probar caminos y encontrar relaciones inesperadas entre cosas que, en apariencia, no tienen nada que ver. Esa libertad para pensar es, quizás, una de las mayores virtudes del libro.

Transcribo uno de los fragmentos que más me gustó:

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A una pintura abstracta se la puede seguir pintando indefinidamente. El artista le puede agregar otra raya, otro círculo, otro color, tapar un azul con un verde, poner un punto negro en medio de una mancha roja, rodear otras con olas o picos, cruzarlo todo con una diagonal blanca. Las posibilidades siguen abiertas siempre.

No es que en la pintura figurativa no se puedan hacer cambios y agregados, pero ahí hay límites marcados por el tema y el argumento. En lo abstracto, lo que da esa libertad de modificación infinita lo confirma el hecho de que la música, el arte abstracto por naturaleza, también admite que el compositor siga cambiando o agregando otra nota, otro acorde, otro contrapunto. ¿Hasta cuándo? Hasta que el artista dé un paso atrás, contemple y quede satisfecho.

Y tendrá que quedar satisfecho a la larga. No hay cuadro abstracto tan malo que no se le pueda seguir pintando encima hasta que quede bien. Es solo cuestión de tiempo.

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Reseña comix: Diario de una desaparición, de Hideo Azuma.

Este manga lo encontré de casualidad digital, navegando por grupos de telegram  un viernes a la noche mientras escuchaba Linterna Mágica en la radio. No estaba buscando particularmente nada de Hideo Azuma ya que desconocía a este autor. Fue más bien uno de esos encuentros casuales con una obra que enseguida cautivo mi atención.

Diario de una desaparición, de Hideo Azuma, es una autobiografía bastante particular porque parte de una situación que, contada de otra manera, podría convertirse fácilmente en un relato oscuro y dramático. Azuma cuenta las veces que decidió desaparecer de su casa y de su trabajo, dejando atrás por un tiempo su vida como mangaka profesional para terminar durmiendo en la calle, buscando comida, juntando objetos y tratando de sobrevivir como podía. Lo curioso es que no presenta estas experiencias desde el lugar de la víctima ni intenta construir una épica alrededor de su propia caída. Las cuenta con una mezcla extraña de distancia, humor y cotidianeidad.

Azuma era un autor reconocido y tenía una carrera exitosa, pero esa misma profesión que le permitía vivir de dibujar también se convirtió en una máquina de producir presión. Las entregas, los plazos, las exigencias de las editoriales y la necesidad de mantener un ritmo constante terminan funcionando como una especie de encierro. En lugar de adaptarse a esa lógica, Azuma en determinados momentos hace algo bastante radical: se va. Desaparece. Deja el departamento, el trabajo y las obligaciones y se convierte por un tiempo en otra persona, alguien que busca dónde dormir y qué comer. Hay algo casi absurdo en el contraste entre el mangaka profesional y el hombre que termina revolviendo la basura para encontrar algo que pueda servirle, y Azuma aprovecha justamente ese absurdo para construir el relato.

El dibujo acompaña perfectamente esa idea. No hay una búsqueda de espectacularidad ni de virtuosismo gráfico. El trazo es simple, casi infantil por momentos, y las situaciones más desagradables aparecen dibujadas con una naturalidad que las vuelve todavía más extrañas. Azuma puede estar contando algo bastante duro y, unas viñetas después, introducir un detalle ridículo que rompe completamente la solemnidad.

Diario de una desaparición puede leerse como una historia sobre un hombre que escapa de su trabajo, pero también como una historia sobre el agotamiento. Azuma muestra hasta qué punto una actividad que ama puede transformarse en una fuente permanente de presión cuando está atravesada por fechas de entrega y exigencias editoriales. No hace falta que el libro explique demasiado, alcanza con observar sus idas y vueltas para entender que algo de ese sistema no estaba funcionando. Y quizás lo más fuerte sea que Azuma no ofrece una solución definitiva. Desaparece, vuelve, trabaja, vuelve a desaparecer. La fuga se convierte en un ciclo.


Diario lectura: Mijaíl Bulgákov

Jueves 4 de junio

En el trabajo estuve escuchando un podcast sobre literatura, más precisamente sobre escritores. El episodio de hoy estaba dedicado a Mijaíl Bulgákov, uno de los grandes autores rusos del siglo XX, cuya relación con el régimen soviético fue tan compleja como reveladora. 

Bulgákov no fue un disidente político organizado ni un militante anticomunista. Sin embargo, se negó a someter su obra a las exigencias ideológicas del Partido, lo que lo convirtió en una figura incómoda para las autoridades. Con una mirada aguda y satírica, retrató las contradicciones, la burocracia y los absurdos de la nueva realidad soviética. Sus textos despertaron la desconfianza de la censura, que con frecuencia lo acusó de representar valores burgueses y de no contribuir a la construcción del nuevo orden socialista.

En 1930, agotado por la censura y por la imposibilidad de trabajar, escribió una carta al gobierno soviético en la que pedía que lo dejaran vivir de su profesión o, en su defecto, que le permitieran abandonar el país. Lo que ocurrió después parece sacado de una novela. Stalin leyó la carta y decidió llamarlo por teléfono. Stalin admiraba profundamente una de sus obras teatrales, “Los días de los Turbin”, que, según se cuenta, había visto más de quince veces. Durante la conversación Stalin le preguntó si realmente deseaba marcharse de la Unión Soviética. Bulgákov respondió con cautela que "a un escritor ruso le resultaba muy difícil vivir lejos de Rusia". Stalin, entonces, le sugirió que solicitara un puesto en el Teatro de Arte de Moscú, convencido de que esta vez sería aceptado.

Lo más fascinante de la relación entre Bulgákov y Stalin es que escapa a cualquier interpretación sencilla. Stalin no ordenó su ejecución ni lo envió a un campo de trabajo, como ocurrió con tantos otros escritores e intelectuales. Pero tampoco le concedió la libertad necesaria para desarrollar plenamente su obra. Bulgákov sobrevivió, aunque bajo una vigilancia constante y con buena parte de su producción censurada.

Esa historia revela una de las contradicciones más inquietantes de los regímenes autoritarios, un artista puede ser admirado en privado por quien concentra el poder y, al mismo tiempo, ser silenciado por el aparato burocrático que actúa en su nombre. La admiración personal nunca fue garantía de libertad cuando la obediencia ideológica ocupaba el lugar de la creación artística.

 

Cine: "Tengo miedo torero" de Rodrigo Sepúlveda

Jueves 29 de Mayo

En el Ciervo Azul del teatro Vigil, proyectaban "Tengo miedo torero", una película de Rodrigo Sepúlveda basada en la novela homónima de Pedro Lemebel, una de las voces más importantes de la literatura chilena y una figura fundamental de la literatura LGBTQ+ latinoamericana.

La historia transcurre en Santiago de Chile, en 1986, durante la dictadura de Augusto Pinochet. La protagonista es La Loca del Frente, una travesti madura que sobrevive bordando manteles para mujeres de clase alta y que termina enamorándose de Carlos, un joven militante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Sin proponérselo demasiado, ella termina colaborando con la organización al permitir que su casa funcione como escondite de armas (aunque en un principio ella no lo sepa) y lugar de reuniones clandestinas, quedando vinculada al intento de atentado contra Pinochet que lamentablemente fracasó.

Más allá del contexto político, la película habla de la soledad, del amor y de las contradicciones. Uno de los aspectos que más me interesó fue cómo muestra la homofobia presente incluso dentro de organizaciones revolucionarias que luchaban por una sociedad más justa. Esa tensión atraviesa toda la historia y le da una profundidad que va mucho más allá del relato histórico.

También me gustó mucho la música. Acompaña cada escena con una sensibilidad que potencia la melancolía de la película. Al terminar me enteré de que la banda sonora fue compuesta por Pedro Aznar.

Diario y Lectura: Isidoro Blaisten "Anti-conferencias"

Martes 26 de mayo

Hoy volví al trabajo después del fin de semana largo. Costó arrancar, pero no quedaba otra. La rutina volvió a imponerse.

Como todos los martes, a la tarde fui a la Biblioteca Vigil para acompañar a Mely mientras trabaja. Aprovecho el tiempo para leer y escribir sobre algunas lecturas. Siempre hago un recorrido por la mesa de libros usados que venden a precios simbólicos; uno por mil pesos o tres por dos mil. Hoy encontré una joya perdida: Anti-conferencias, de Isidoro Blaisten.

Lo empecé a leer de manera desordenada, saltando de un texto a otro, pero enseguida me atrapó. Blaisten escribe con una mezcla de humor, inteligencia y una cercanía que hace que uno sienta que está escuchando hablar a un amigo, más que leyendo una conferencia. Su idea de la literatura me resultó especialmente atractiva, no como un conjunto de reglas o teorías, sino como una manera de mirar el mundo. Para él, leer y escribir tienen más que ver con la curiosidad, el asombro y la sensibilidad que con cualquier conocimiento académico, lo cual comparto.

El texto que más me interesó fue Por qué no soy sartriano. Con su ironía característica, Blaisten cuestiona la solemnidad intelectual que durante buena parte del siglo XX rodeó a Jean-Paul Sartre y, sobre todo, a muchos de sus seguidores. Deja claro que no escribe contra Sartre, a quien admira como escritor y pensador. Su blanco son aquellos que transformaron sus ideas en un catecismo, convencidos de que toda obra de arte debía ser útil, comprometida y servir a una causa política.

Blaisten se burla de esos "sartrianos" que conoció en la Argentina, personajes que parecían tomarse la literatura como un tribunal moral y que desconfiaban del humor, del absurdo o del simple placer de contar una historia. Sin nombrarlos directamente, retrata un tipo de intelectual muy reconocible, solemne, dogmático y seguro de tener siempre la razón.

Más allá del contexto en que fue escrito, el ensayo sigue teniendo vigencia. Es una defensa de la libertad de la literatura frente a cualquier intento de convertirla en propaganda o en un manual de buenas conductas.
Blaisten reivindica el humor, la imaginación y la honestidad como formas de resistir el esnobismo intelectual.

Diario y lectura: Las memorias perdidas, de Chet Baker

Jueves 21 de Mayo

Terminé de leer Como si tuviera alas. Las memorias perdidas, de Chet Baker, y el libro me pareció excelente, justamente porque no es una autobiografía glamorosa de un músico de jazz. Es el relato de un hombre consumido por su adicción a las drogas, por su ego y por la dificultad para sostener algo concreto en su vida durante demasiado tiempo. En el recorrido por estas memorias aparecen hoteles sucios, agujas, peleas, cárceles, mujeres, viajes, noches que parecen no terminar nunca y una sucesión de caídas constantes que se repiten una y otra vez.

Chet no se muestra como una víctima, pero tampoco como un héroe. No intenta construir una imagen determinada de sí mismo ni convertir su vida en una historia ejemplar. Se presenta, cruda y llanamente, como lo que es, alguien que muchas veces vivía al borde del desastre y que parecía incapaz de escapar de sus propios problemas. Pero al mismo tiempo era poseedor de un talento extraordinario. Y es ahí, en la música, donde todo parecía funcionarle perfectamente. Cuando habla de tocar, de los músicos con los que compartió escenarios o de determinados momentos de su carrera, aparece otra persona. La trompeta parece ordenar aquello que en el resto de su vida estaba permanentemente desordenado.

Hay algo profundamente melancólico en estas memorias, del mismo modo que en su forma de tocar jazz. Después de leer el libro es difícil escuchar a Chet Baker de la misma manera. Detrás de esas canciones aparecen los hoteles, los viajes, las noches interminables, las drogas, las peleas y también esos momentos en los que la música parecía ser el único lugar donde podía encontrar cierta calma. Sin embargo, el libro no intenta explicar su música a partir de sus desgracias ni convertirlo en el típico artista maldito. Se puede reconocer su enorme talento sin romantizar su adicción y, al mismo tiempo, entender que ambas cosas formaron parte de una vida llena de contradicciones.

No hay una redención completa. No hay moraleja, ni superación ejemplar, ni aprendizaje luminoso que permita ordenar todo lo que ocurrió. Hay, más bien, una vida llena de aciertos y errores, de momentos extraordinarios y de caídas constantes. Quizás sea justamente por eso que el libro resulta tan humano. Chet Baker fue un hombre que muchas veces no pudo sostener su propia vida, pero que cuando tenía una trompeta entre las manos parecía encontrar algo que en el resto de su existencia se le escapaba. Al terminar el libro, eso es lo que queda, la imagen de Chet tocando, intentando encontrar durante unos minutos ese lugar en el que todo parecía funcionar.




Lectura: Carl G. Jung - El hombre y sus símbolos -

 Martes 19 de Mayo

Arranqué el día leyendo a Carl Jung: un libro que se llama El hombre y sus símbolos. No es un libro escrito en su totalidad por Jung, sino que él escribió el capítulo 1, Acercamiento al inconsciente. El resto fue un trabajo en conjunto que Jung supervisó y coordinó hasta el final de su vida.

En el prólogo del libro, John Freeman detalla cómo convenció a Jung de escribir esta obra, dedicada y dirigida a un público lector general. La idea fue propuesta por el editor Wolfgang Foges, luego de ver la entrevista televisiva que Freeman le realizó a Carl Jung en 1959 para la BBC.

En un principio, Freeman cuenta que Jung rechazó la propuesta, ya que se consideraba de una edad avanzada y tampoco le convencía escribir para un lector general que, según pensaba, difícilmente comprendería su trabajo. Sin embargo, cambió de opinión tras tener un sueño en el que se veía explicando con éxito sus teorías ante una gran multitud. Jung consideraba a los sueños como mensajes serios del inconsciente, por lo cual aceptó el proyecto.

Él mismo Jung diseñó la estructura de la obra. Escribió el primer capítulo, como dije antes, Acercamiento al inconsciente, y eligió a John Freeman para coordinar el proceso y vigilar que el lenguaje fuera accesible para cualquier lector. El resto de los capítulos fueron delegados a sus cuatro colaboradores más cercanos: Marie-Louise von Franz, Joseph Henderson, Aniela Jaffé y Jolande Jacobi.

Este libro fue la obra póstuma y el testamento espiritual del psiquiatra.

Diario: trabajo, podcast, Kurt Vonegut y la rutina

 Lunes 18 de Mayo

En el trabajo escuché un podcast que me pasó Mely sobre literatura. Se llama Grandes Infelices. El primer episodio era sobre Vonnegut y me atrapó desde el comienzo. Lo escuché mientras realizaba mis tareas laborales, es un día muy frío, por suerte, en la oficina taller tenemos una buena calefacción, y se puede trabajar cómodamente.

Volviendo a Vonnegut, me interesó una anécdota que cuentan en el episodio. Relatan que Kurt alquilaba una habitación en la planta alta de una estación de servicio. El dueño aprovechaba que su hija se había ido a la universidad y rentaba esa habitación al escritor, quien acudía allí para escribir con tranquilidad.

Yo amo los espacios pequeños, con alguna que otra comodidad, pero con lo básico para estar solo, alejado del resto, y poder pensar, leer o hacer algo artístico.

Según cuentan en el podcast, a la hija del dueño de la estación no le agradaba en lo más mínimo que el escritor utilizara su habitación. Cuando regresaba del campus, encontraba en la basura y por los rincones decenas de manuscritos y papeles de Kurt Vonnegut que él mismo había descartado. La chica, por bronca, los quemaba. Grave error. Cuando Vonnegut se convirtió en un escritor famoso, esos papeles habrían sido muy codiciados por los coleccionistas. ¿Cuánto dinero habría ganado si los hubiera conservado?

Por la tarde fui al entrenamiento de fútbol en el parque y volví con dolor de espalda. Cenamos una polenta deliciosa con mucho queso y después me relajé en el sillón para leer un manga sobre Carl Jung.

Luego terminé El discurso vacío, de Mario Levrero, del que ya comenté algunos días atrás. El final y las anotaciones del diario sobre sus ejercicios de caligrafía no me resultaron demasiado interesantes. Terminé de leerlo más por compromiso que por entusiasmo.

Ahora sigo con algunas Aguafuertes porteñas, de Arlt, y después, a dormir.