Reseña comix: Diario de una desaparición, de Hideo Azuma.

Este manga lo encontré de casualidad digital, navegando por grupos de telegram  un viernes a la noche mientras escuchaba Linterna Mágica en la radio. No estaba buscando particularmente nada de Hideo Azuma ya que desconocía a este autor. Fue más bien uno de esos encuentros casuales con una obra que enseguida cautivo mi atención.

Diario de una desaparición, de Hideo Azuma, es una autobiografía bastante particular porque parte de una situación que, contada de otra manera, podría convertirse fácilmente en un relato oscuro y dramático. Azuma cuenta las veces que decidió desaparecer de su casa y de su trabajo, dejando atrás por un tiempo su vida como mangaka profesional para terminar durmiendo en la calle, buscando comida, juntando objetos y tratando de sobrevivir como podía. Lo curioso es que no presenta estas experiencias desde el lugar de la víctima ni intenta construir una épica alrededor de su propia caída. Las cuenta con una mezcla extraña de distancia, humor y cotidianeidad.

Azuma era un autor reconocido y tenía una carrera exitosa, pero esa misma profesión que le permitía vivir de dibujar también se convirtió en una máquina de producir presión. Las entregas, los plazos, las exigencias de las editoriales y la necesidad de mantener un ritmo constante terminan funcionando como una especie de encierro. En lugar de adaptarse a esa lógica, Azuma en determinados momentos hace algo bastante radical: se va. Desaparece. Deja el departamento, el trabajo y las obligaciones y se convierte por un tiempo en otra persona, alguien que busca dónde dormir y qué comer. Hay algo casi absurdo en el contraste entre el mangaka profesional y el hombre que termina revolviendo la basura para encontrar algo que pueda servirle, y Azuma aprovecha justamente ese absurdo para construir el relato.

El dibujo acompaña perfectamente esa idea. No hay una búsqueda de espectacularidad ni de virtuosismo gráfico. El trazo es simple, casi infantil por momentos, y las situaciones más desagradables aparecen dibujadas con una naturalidad que las vuelve todavía más extrañas. Azuma puede estar contando algo bastante duro y, unas viñetas después, introducir un detalle ridículo que rompe completamente la solemnidad.

Diario de una desaparición puede leerse como una historia sobre un hombre que escapa de su trabajo, pero también como una historia sobre el agotamiento. Azuma muestra hasta qué punto una actividad que ama puede transformarse en una fuente permanente de presión cuando está atravesada por fechas de entrega y exigencias editoriales. No hace falta que el libro explique demasiado, alcanza con observar sus idas y vueltas para entender que algo de ese sistema no estaba funcionando. Y quizás lo más fuerte sea que Azuma no ofrece una solución definitiva. Desaparece, vuelve, trabaja, vuelve a desaparecer. La fuga se convierte en un ciclo.


Diario lectura: Mijaíl Bulgákov

Jueves 4 de junio

En el trabajo estuve escuchando un podcast sobre literatura, más precisamente sobre escritores. El episodio de hoy estaba dedicado a Mijaíl Bulgákov, uno de los grandes autores rusos del siglo XX, cuya relación con el régimen soviético fue tan compleja como reveladora. 

Bulgákov no fue un disidente político organizado ni un militante anticomunista. Sin embargo, se negó a someter su obra a las exigencias ideológicas del Partido, lo que lo convirtió en una figura incómoda para las autoridades. Con una mirada aguda y satírica, retrató las contradicciones, la burocracia y los absurdos de la nueva realidad soviética. Sus textos despertaron la desconfianza de la censura, que con frecuencia lo acusó de representar valores burgueses y de no contribuir a la construcción del nuevo orden socialista.

En 1930, agotado por la censura y por la imposibilidad de trabajar, escribió una carta al gobierno soviético en la que pedía que lo dejaran vivir de su profesión o, en su defecto, que le permitieran abandonar el país. Lo que ocurrió después parece sacado de una novela. Stalin leyó la carta y decidió llamarlo por teléfono. Stalin admiraba profundamente una de sus obras teatrales, “Los días de los Turbin”, que, según se cuenta, había visto más de quince veces. Durante la conversación Stalin le preguntó si realmente deseaba marcharse de la Unión Soviética. Bulgákov respondió con cautela que "a un escritor ruso le resultaba muy difícil vivir lejos de Rusia". Stalin, entonces, le sugirió que solicitara un puesto en el Teatro de Arte de Moscú, convencido de que esta vez sería aceptado.

Lo más fascinante de la relación entre Bulgákov y Stalin es que escapa a cualquier interpretación sencilla. Stalin no ordenó su ejecución ni lo envió a un campo de trabajo, como ocurrió con tantos otros escritores e intelectuales. Pero tampoco le concedió la libertad necesaria para desarrollar plenamente su obra. Bulgákov sobrevivió, aunque bajo una vigilancia constante y con buena parte de su producción censurada.

Esa historia revela una de las contradicciones más inquietantes de los regímenes autoritarios, un artista puede ser admirado en privado por quien concentra el poder y, al mismo tiempo, ser silenciado por el aparato burocrático que actúa en su nombre. La admiración personal nunca fue garantía de libertad cuando la obediencia ideológica ocupaba el lugar de la creación artística.

 

Cine: "Tengo miedo torero" de Rodrigo Sepúlveda

Jueves 29 de Mayo

En el Ciervo Azul del teatro Vigil, proyectaban "Tengo miedo torero", una película de Rodrigo Sepúlveda basada en la novela homónima de Pedro Lemebel, una de las voces más importantes de la literatura chilena y una figura fundamental de la literatura LGBTQ+ latinoamericana.

La historia transcurre en Santiago de Chile, en 1986, durante la dictadura de Augusto Pinochet. La protagonista es La Loca del Frente, una travesti madura que sobrevive bordando manteles para mujeres de clase alta y que termina enamorándose de Carlos, un joven militante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Sin proponérselo demasiado, ella termina colaborando con la organización al permitir que su casa funcione como escondite de armas (aunque en un principio ella no lo sepa) y lugar de reuniones clandestinas, quedando vinculada al intento de atentado contra Pinochet que lamentablemente fracasó.

Más allá del contexto político, la película habla de la soledad, del amor y de las contradicciones. Uno de los aspectos que más me interesó fue cómo muestra la homofobia presente incluso dentro de organizaciones revolucionarias que luchaban por una sociedad más justa. Esa tensión atraviesa toda la historia y le da una profundidad que va mucho más allá del relato histórico.

También me gustó mucho la música. Acompaña cada escena con una sensibilidad que potencia la melancolía de la película. Al terminar me enteré de que la banda sonora fue compuesta por Pedro Aznar.

Diario y Lectura: Isidoro Blaisten "Anti-conferencias"

Martes 26 de mayo

Hoy volví al trabajo después del fin de semana largo. Costó arrancar, pero no quedaba otra. La rutina volvió a imponerse.

Como todos los martes, a la tarde fui a la Biblioteca Vigil para acompañar a Mely mientras trabaja. Aprovecho el tiempo para leer y escribir sobre algunas lecturas. Siempre hago un recorrido por la mesa de libros usados que venden a precios simbólicos; uno por mil pesos o tres por dos mil. Hoy encontré una joya perdida: Anti-conferencias, de Isidoro Blaisten.

Lo empecé a leer de manera desordenada, saltando de un texto a otro, pero enseguida me atrapó. Blaisten escribe con una mezcla de humor, inteligencia y una cercanía que hace que uno sienta que está escuchando hablar a un amigo, más que leyendo una conferencia. Su idea de la literatura me resultó especialmente atractiva, no como un conjunto de reglas o teorías, sino como una manera de mirar el mundo. Para él, leer y escribir tienen más que ver con la curiosidad, el asombro y la sensibilidad que con cualquier conocimiento académico, lo cual comparto.

El texto que más me interesó fue Por qué no soy sartriano. Con su ironía característica, Blaisten cuestiona la solemnidad intelectual que durante buena parte del siglo XX rodeó a Jean-Paul Sartre y, sobre todo, a muchos de sus seguidores. Deja claro que no escribe contra Sartre, a quien admira como escritor y pensador. Su blanco son aquellos que transformaron sus ideas en un catecismo, convencidos de que toda obra de arte debía ser útil, comprometida y servir a una causa política.

Blaisten se burla de esos "sartrianos" que conoció en la Argentina, personajes que parecían tomarse la literatura como un tribunal moral y que desconfiaban del humor, del absurdo o del simple placer de contar una historia. Sin nombrarlos directamente, retrata un tipo de intelectual muy reconocible, solemne, dogmático y seguro de tener siempre la razón.

Más allá del contexto en que fue escrito, el ensayo sigue teniendo vigencia. Es una defensa de la libertad de la literatura frente a cualquier intento de convertirla en propaganda o en un manual de buenas conductas.
Blaisten reivindica el humor, la imaginación y la honestidad como formas de resistir el esnobismo intelectual.

Diario y lectura: Las memorias perdidas, de Chet Baker

Jueves 21 de Mayo

Terminé de leer Como si tuviera alas. Las memorias perdidas, de Chet Baker, y el libro me pareció excelente, justamente porque no es una autobiografía glamorosa de un músico de jazz. Es el relato de un hombre consumido por su adicción a las drogas, por su ego y por la dificultad para sostener algo concreto en su vida durante demasiado tiempo. En el recorrido por estas memorias aparecen hoteles sucios, agujas, peleas, cárceles, mujeres, viajes, noches que parecen no terminar nunca y una sucesión de caídas constantes que se repiten una y otra vez.

Chet no se muestra como una víctima, pero tampoco como un héroe. No intenta construir una imagen determinada de sí mismo ni convertir su vida en una historia ejemplar. Se presenta, cruda y llanamente, como lo que es, alguien que muchas veces vivía al borde del desastre y que parecía incapaz de escapar de sus propios problemas. Pero al mismo tiempo era poseedor de un talento extraordinario. Y es ahí, en la música, donde todo parecía funcionarle perfectamente. Cuando habla de tocar, de los músicos con los que compartió escenarios o de determinados momentos de su carrera, aparece otra persona. La trompeta parece ordenar aquello que en el resto de su vida estaba permanentemente desordenado.

Hay algo profundamente melancólico en estas memorias, del mismo modo que en su forma de tocar jazz. Después de leer el libro es difícil escuchar a Chet Baker de la misma manera. Detrás de esas canciones aparecen los hoteles, los viajes, las noches interminables, las drogas, las peleas y también esos momentos en los que la música parecía ser el único lugar donde podía encontrar cierta calma. Sin embargo, el libro no intenta explicar su música a partir de sus desgracias ni convertirlo en el típico artista maldito. Se puede reconocer su enorme talento sin romantizar su adicción y, al mismo tiempo, entender que ambas cosas formaron parte de una vida llena de contradicciones.

No hay una redención completa. No hay moraleja, ni superación ejemplar, ni aprendizaje luminoso que permita ordenar todo lo que ocurrió. Hay, más bien, una vida llena de aciertos y errores, de momentos extraordinarios y de caídas constantes. Quizás sea justamente por eso que el libro resulta tan humano. Chet Baker fue un hombre que muchas veces no pudo sostener su propia vida, pero que cuando tenía una trompeta entre las manos parecía encontrar algo que en el resto de su existencia se le escapaba. Al terminar el libro, eso es lo que queda, la imagen de Chet tocando, intentando encontrar durante unos minutos ese lugar en el que todo parecía funcionar.




Lectura: Carl G. Jung - El hombre y sus símbolos -

 Martes 19 de Mayo

Arranqué el día leyendo a Carl Jung: un libro que se llama El hombre y sus símbolos. No es un libro escrito en su totalidad por Jung, sino que él escribió el capítulo 1, Acercamiento al inconsciente. El resto fue un trabajo en conjunto que Jung supervisó y coordinó hasta el final de su vida.

En el prólogo del libro, John Freeman detalla cómo convenció a Jung de escribir esta obra, dedicada y dirigida a un público lector general. La idea fue propuesta por el editor Wolfgang Foges, luego de ver la entrevista televisiva que Freeman le realizó a Carl Jung en 1959 para la BBC.

En un principio, Freeman cuenta que Jung rechazó la propuesta, ya que se consideraba de una edad avanzada y tampoco le convencía escribir para un lector general que, según pensaba, difícilmente comprendería su trabajo. Sin embargo, cambió de opinión tras tener un sueño en el que se veía explicando con éxito sus teorías ante una gran multitud. Jung consideraba a los sueños como mensajes serios del inconsciente, por lo cual aceptó el proyecto.

Él mismo Jung diseñó la estructura de la obra. Escribió el primer capítulo, como dije antes, Acercamiento al inconsciente, y eligió a John Freeman para coordinar el proceso y vigilar que el lenguaje fuera accesible para cualquier lector. El resto de los capítulos fueron delegados a sus cuatro colaboradores más cercanos: Marie-Louise von Franz, Joseph Henderson, Aniela Jaffé y Jolande Jacobi.

Este libro fue la obra póstuma y el testamento espiritual del psiquiatra.

Diario: trabajo, podcast, Kurt Vonegut y la rutina

 Lunes 18 de Mayo

En el trabajo escuché un podcast que me pasó Mely sobre literatura. Se llama Grandes Infelices. El primer episodio era sobre Vonnegut y me atrapó desde el comienzo. Lo escuché mientras realizaba mis tareas laborales, es un día muy frío, por suerte, en la oficina taller tenemos una buena calefacción, y se puede trabajar cómodamente.

Volviendo a Vonnegut, me interesó una anécdota que cuentan en el episodio. Relatan que Kurt alquilaba una habitación en la planta alta de una estación de servicio. El dueño aprovechaba que su hija se había ido a la universidad y rentaba esa habitación al escritor, quien acudía allí para escribir con tranquilidad.

Yo amo los espacios pequeños, con alguna que otra comodidad, pero con lo básico para estar solo, alejado del resto, y poder pensar, leer o hacer algo artístico.

Según cuentan en el podcast, a la hija del dueño de la estación no le agradaba en lo más mínimo que el escritor utilizara su habitación. Cuando regresaba del campus, encontraba en la basura y por los rincones decenas de manuscritos y papeles de Kurt Vonnegut que él mismo había descartado. La chica, por bronca, los quemaba. Grave error. Cuando Vonnegut se convirtió en un escritor famoso, esos papeles habrían sido muy codiciados por los coleccionistas. ¿Cuánto dinero habría ganado si los hubiera conservado?

Por la tarde fui al entrenamiento de fútbol en el parque y volví con dolor de espalda. Cenamos una polenta deliciosa con mucho queso y después me relajé en el sillón para leer un manga sobre Carl Jung.

Luego terminé El discurso vacío, de Mario Levrero, del que ya comenté algunos días atrás. El final y las anotaciones del diario sobre sus ejercicios de caligrafía no me resultaron demasiado interesantes. Terminé de leerlo más por compromiso que por entusiasmo.

Ahora sigo con algunas Aguafuertes porteñas, de Arlt, y después, a dormir.

Iron Maiden de Redbook Ediciones

Para mi cumpleaños, Lauta me regaló un cómic biográfico de Iron Maiden, de la editorial Readbook. Repasa toda la historia de la banda desde su creación, que fue obra de Steve Harris. Tiene datos que desconocía y, a pesar de ser corto y pasar rápidamente por distintas etapas de la banda, aprovecha cada viñeta para aportar buena información sobre la historia de Maiden.

El dibujo no deslumbra, pero cumple y funciona para la narración. Ahora, muy manija, escucho Maiden y, tal como hace el cómic, pasó de álbum en álbum, desde los primeros con Paul Di’Anno hasta Dickinson, e incluso la etapa casi borrada de Blaze Bayley.

Esta banda marcó mi juventud y gustos musicales. Recuerdo intacto el día que la escuché por primer a vez. Fue gracias a un casete TDK grabado que era de mi hermano, lo encontré revolviendo en el cajón del ropero que, en vez de guardar ropa, estaba repleto de casetes de rock y heavy metal: Megadeth, Metallica, AC/DC, entre otros. El casete de Maiden tenía la cinta cruzada sobre la almohadilla, tuve que acomodarla con un cuchillo. Creo que nadie lo escuchaba nunca. Era el Real Live Dead One, disco 1, con la tapa fotocopiada.

Meses después, en un Musimundo del centro que hoy ya no existe, le pedí a mi madre que
me comprara Killers, sin saber que era el segundo disco de la banda y que cantaba Paul Di’Anno. Al principio no me gustó, pero con el tiempo, y a medida que afiné mis gustos, terminó por convertirse en uno de mis favoritos. Rescato mucho la etapa de Paul Di’Anno en la banda.

 

Diario: Cuento de Asimov "Estoy en Puertomarte sin Hilda"

Domingo 17 de mayo

Amaneció frío, nublado y con llovizna. Por suerte no tuve que ir a fútbol ni tuve otras actividades. Desayunamos con Mely unos mates con sándwiches de huevo, palta y queso.

A la tarde escucho en la radio el programa de fútbol regional y leo el suplemento Radar. No me interesaron tanto las notas publicadas este domingo.

Acabo de leer un cuento de Asimov llamado En Puerto Marte y sin Hilda. Es un relato que cruza la ciencia ficción con el policial.

La historia sigue a Max, un agente espacial que debe resolver un caso de tráfico ilegal de una sustancia utilizada por los viajeros para aliviar los efectos adversos de los viajes espaciales.

La investigación irrumpe en su tiempo libre, justo cuando su esposa debe cuidar a su suegra y él queda solo. Lejos de aprovechar ese momento para descansar, Max decide contactar a una antigua amante con la intención de reencontrarse con ella. Sin embargo, sus planes se frustran cuando un superior aparece de improviso y le asigna, con carácter urgente, la misión de desarticular la red de contrabando.

Asimov combina misterio, humor y deseo en una historia llena de ironía. Nos muestra personajes más humanos y ridículos que heroicos. A pesar del escenario futurista y de los viajes interplanetarios, el cuento termina siendo una sátira sobre las debilidades humanas. Plantea que, aunque estemos en un futuro remoto de viajes espaciales hacia Marte y otros mundos, las personas no dejarán de complicarse la existencia por ambición, sexo, ansiedad y otros impulsos.


Serie Anti-Algoritmo



Hace un tiempo comencé una serie de dibujos que llamé Anti-Algoritmo. La idea surgió casi sin darme cuenta. Empecé a dibujar una radio portátil, un walkman, un casete, una cámara de fotos, un libro, una carta, una lapicera, una mesa con un cuaderno. Objetos comunes, de esos que forman o formaron parte de la vida cotidiana. No los dibujo por nostalgia ni porque quiera caer en eso  que antes todo era mejor. Los dibujo porque todavía me dicen algo. Algunos sigo utilizándolos cotidianamente. Un libro no compite por tu atención. Una radio no te interrumpe con notificaciones. Un casete nos obliga a escuchar un lado completo antes de darlo vuelta. Una carta tardaba días en llegar y la ansiedad podíamos manejarla. Una cámara analógica con rollo nos hacía analizar muy bien sobre qué objetivo íbamos a gastar una foto. Todos exigen tiempo. Un tiempo que hoy parece que hemos perdido. Ninguno de estos objetos fue diseñado con la intención de mantenernos conectados todo el día a ellos, ni para convertir cada momento en un dato más dentro de un algoritmo.

Esta serie no habla de estos objetos en particular. Habla de otra manera de habitar el tiempo. De sentarse a una mesa con una hoja en blanco sin esperar nada más que el silencio y que llegue la inspiración creativa. De escuchar un disco entero sin apurarnos a cambiar de tema en tema. De leer un libro sin mirar el celular cada cinco minutos. De volver escribir una carta en papel o escribir un diario personal todos los días. De dibujar o simplemente quedarse pensando e imaginando. Estos objetos que sobreviven al tiempo, todavía conservan algo difícil de encontrar en estos días, la posibilidad de estar enfocados en una sola cosa a la vez.

Por eso los dibujo. Porque, en medio de tanta pantalla y tanto ruido, todavía me recuerdan que existe una forma más lenta, más simple y, quizás, más libre de habitar el mundo.