Lectura: Ideas diversas, de César Aira

Martes 9 de junio

Por la tarde, como todos los martes, fui a la Biblioteca Vigil. Me gusta lo que llamo el encuentro fortuito con los libros. No busco un título específico. Simplemente recorro las estanterías hasta encontrar algún libro que llame mi atención. Esta semana ya estaban disponibles las novedades que la biblioteca compró en la Feria del Libro. Entre ellas encontré Ideas diversas, de César Aira, editado por Blatt & Ríos.

Es un libro pequeño, de formato cuadrado, compuesto por decenas de microtextos que pueden ser un recuerdo, una ocurrencia o una observación al pasar. Separados por asteriscos ***, estos fragmentos terminan por armar una especie de mapa de la manera de pensar de Aira. Habla de literatura, de arte, de los escritores que admira y de sus hábitos como lector. Lo hace sin solemnidad. Muchas veces, una anécdota mínima deriva en una reflexión inesperada sobre la escritura o la imaginación.

Me interesa especialmente la defensa que Aira hace de la invención. En estos breves ensayos sostiene que la literatura no tiene por qué rendirle cuentas a la realidad. No intenta ofrecer respuestas ni construir un sistema de ideas. Prefiere desviarse, probar caminos y encontrar relaciones inesperadas entre cosas que, en apariencia, no tienen nada que ver. Esa libertad para pensar es, quizás, una de las mayores virtudes del libro.

Transcribo uno de los fragmentos que más me gustó:

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A una pintura abstracta se la puede seguir pintando indefinidamente. El artista le puede agregar otra raya, otro círculo, otro color, tapar un azul con un verde, poner un punto negro en medio de una mancha roja, rodear otras con olas o picos, cruzarlo todo con una diagonal blanca. Las posibilidades siguen abiertas siempre.

No es que en la pintura figurativa no se puedan hacer cambios y agregados, pero ahí hay límites marcados por el tema y el argumento. En lo abstracto, lo que da esa libertad de modificación infinita lo confirma el hecho de que la música, el arte abstracto por naturaleza, también admite que el compositor siga cambiando o agregando otra nota, otro acorde, otro contrapunto. ¿Hasta cuándo? Hasta que el artista dé un paso atrás, contemple y quede satisfecho.

Y tendrá que quedar satisfecho a la larga. No hay cuadro abstracto tan malo que no se le pueda seguir pintando encima hasta que quede bien. Es solo cuestión de tiempo.

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Reseña comix: Diario de una desaparición, de Hideo Azuma.

Este manga lo encontré de casualidad digital, navegando por grupos de telegram  un viernes a la noche mientras escuchaba Linterna Mágica en la radio. No estaba buscando particularmente nada de Hideo Azuma ya que desconocía a este autor. Fue más bien uno de esos encuentros casuales con una obra que enseguida cautivo mi atención.

Diario de una desaparición, de Hideo Azuma, es una autobiografía bastante particular porque parte de una situación que, contada de otra manera, podría convertirse fácilmente en un relato oscuro y dramático. Azuma cuenta las veces que decidió desaparecer de su casa y de su trabajo, dejando atrás por un tiempo su vida como mangaka profesional para terminar durmiendo en la calle, buscando comida, juntando objetos y tratando de sobrevivir como podía. Lo curioso es que no presenta estas experiencias desde el lugar de la víctima ni intenta construir una épica alrededor de su propia caída. Las cuenta con una mezcla extraña de distancia, humor y cotidianeidad.

Azuma era un autor reconocido y tenía una carrera exitosa, pero esa misma profesión que le permitía vivir de dibujar también se convirtió en una máquina de producir presión. Las entregas, los plazos, las exigencias de las editoriales y la necesidad de mantener un ritmo constante terminan funcionando como una especie de encierro. En lugar de adaptarse a esa lógica, Azuma en determinados momentos hace algo bastante radical: se va. Desaparece. Deja el departamento, el trabajo y las obligaciones y se convierte por un tiempo en otra persona, alguien que busca dónde dormir y qué comer. Hay algo casi absurdo en el contraste entre el mangaka profesional y el hombre que termina revolviendo la basura para encontrar algo que pueda servirle, y Azuma aprovecha justamente ese absurdo para construir el relato.

El dibujo acompaña perfectamente esa idea. No hay una búsqueda de espectacularidad ni de virtuosismo gráfico. El trazo es simple, casi infantil por momentos, y las situaciones más desagradables aparecen dibujadas con una naturalidad que las vuelve todavía más extrañas. Azuma puede estar contando algo bastante duro y, unas viñetas después, introducir un detalle ridículo que rompe completamente la solemnidad.

Diario de una desaparición puede leerse como una historia sobre un hombre que escapa de su trabajo, pero también como una historia sobre el agotamiento. Azuma muestra hasta qué punto una actividad que ama puede transformarse en una fuente permanente de presión cuando está atravesada por fechas de entrega y exigencias editoriales. No hace falta que el libro explique demasiado, alcanza con observar sus idas y vueltas para entender que algo de ese sistema no estaba funcionando. Y quizás lo más fuerte sea que Azuma no ofrece una solución definitiva. Desaparece, vuelve, trabaja, vuelve a desaparecer. La fuga se convierte en un ciclo.


Diario lectura: Mijaíl Bulgákov

Jueves 4 de junio

En el trabajo estuve escuchando un podcast sobre literatura, más precisamente sobre escritores. El episodio de hoy estaba dedicado a Mijaíl Bulgákov, uno de los grandes autores rusos del siglo XX, cuya relación con el régimen soviético fue tan compleja como reveladora. 

Bulgákov no fue un disidente político organizado ni un militante anticomunista. Sin embargo, se negó a someter su obra a las exigencias ideológicas del Partido, lo que lo convirtió en una figura incómoda para las autoridades. Con una mirada aguda y satírica, retrató las contradicciones, la burocracia y los absurdos de la nueva realidad soviética. Sus textos despertaron la desconfianza de la censura, que con frecuencia lo acusó de representar valores burgueses y de no contribuir a la construcción del nuevo orden socialista.

En 1930, agotado por la censura y por la imposibilidad de trabajar, escribió una carta al gobierno soviético en la que pedía que lo dejaran vivir de su profesión o, en su defecto, que le permitieran abandonar el país. Lo que ocurrió después parece sacado de una novela. Stalin leyó la carta y decidió llamarlo por teléfono. Stalin admiraba profundamente una de sus obras teatrales, “Los días de los Turbin”, que, según se cuenta, había visto más de quince veces. Durante la conversación Stalin le preguntó si realmente deseaba marcharse de la Unión Soviética. Bulgákov respondió con cautela que "a un escritor ruso le resultaba muy difícil vivir lejos de Rusia". Stalin, entonces, le sugirió que solicitara un puesto en el Teatro de Arte de Moscú, convencido de que esta vez sería aceptado.

Lo más fascinante de la relación entre Bulgákov y Stalin es que escapa a cualquier interpretación sencilla. Stalin no ordenó su ejecución ni lo envió a un campo de trabajo, como ocurrió con tantos otros escritores e intelectuales. Pero tampoco le concedió la libertad necesaria para desarrollar plenamente su obra. Bulgákov sobrevivió, aunque bajo una vigilancia constante y con buena parte de su producción censurada.

Esa historia revela una de las contradicciones más inquietantes de los regímenes autoritarios, un artista puede ser admirado en privado por quien concentra el poder y, al mismo tiempo, ser silenciado por el aparato burocrático que actúa en su nombre. La admiración personal nunca fue garantía de libertad cuando la obediencia ideológica ocupaba el lugar de la creación artística.

 

Cine: "Tengo miedo torero" de Rodrigo Sepúlveda

Jueves 29 de Mayo

En el Ciervo Azul del teatro Vigil, proyectaban "Tengo miedo torero", una película de Rodrigo Sepúlveda basada en la novela homónima de Pedro Lemebel, una de las voces más importantes de la literatura chilena y una figura fundamental de la literatura LGBTQ+ latinoamericana.

La historia transcurre en Santiago de Chile, en 1986, durante la dictadura de Augusto Pinochet. La protagonista es La Loca del Frente, una travesti madura que sobrevive bordando manteles para mujeres de clase alta y que termina enamorándose de Carlos, un joven militante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Sin proponérselo demasiado, ella termina colaborando con la organización al permitir que su casa funcione como escondite de armas (aunque en un principio ella no lo sepa) y lugar de reuniones clandestinas, quedando vinculada al intento de atentado contra Pinochet que lamentablemente fracasó.

Más allá del contexto político, la película habla de la soledad, del amor y de las contradicciones. Uno de los aspectos que más me interesó fue cómo muestra la homofobia presente incluso dentro de organizaciones revolucionarias que luchaban por una sociedad más justa. Esa tensión atraviesa toda la historia y le da una profundidad que va mucho más allá del relato histórico.

También me gustó mucho la música. Acompaña cada escena con una sensibilidad que potencia la melancolía de la película. Al terminar me enteré de que la banda sonora fue compuesta por Pedro Aznar.