Uno de los grandes aciertos de Todos muertos es el retrato que hace Chester Himes del Harlem. El barrio no funciona como un simple escenario por donde desfilan los personajes, sino como un personaje más de la novela. Himes conoce ese territorio porque vivió allí muchos años y consigue transmitir su energía sin esconder las miserias que lo atraviesan. Hay humor, desesperación, violencia y una desconfianza permanente. Nadie parece estar del todo a salvo y casi todos tienen algo que ocultar. Detrás de las situaciones disparatadas aparece una sociedad atravesada por el racismo y las desigualdades, donde el dinero puede cambiarlo todo y donde cada personaje busca la manera de salir adelante como puede. La crítica social nunca necesita convertirse en un discurso solemne, aparece directamente en las acciones de los personajes, en los diálogos y en la propia locura de los acontecimientos.
Me gusta esa manera que tiene Himes de utilizar el policial para mostrar un mundo que ya está bastante enfermo antes de que empiece la investigación. La violencia no aparece como una excepción que viene a romper el orden, sino como parte de un paisaje cotidiano. Y en medio de todo eso están Ataúd y Sepulturero, dos detectives que parecen hechos a la medida de ese universo absurdo, capaces de moverse entre el peligro y el disparate sin que nada termine de sorprenderlos. Todos muertos no es una novela para quienes buscan un policial prolijo, con pistas que se acomodan y una explicación final que deja todo en su lugar. Es una historia que te arrastra de una situación a otra, te obliga a seguir el ritmo de su locura y, mientras tanto, te deja frente a una mirada bastante lúcida sobre la violencia, el racismo y las máscaras que las personas utilizan para sobrevivir. Aplaudo a Chester Himes como uno de los escritores más grandes y originales del género. Tiene una voz propia, una forma de narrar que no se parece a la de nadie y una capacidad extraordinaria para encontrar, detrás del absurdo, las miserias de la sociedad que retrata.

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