Diario: El Discurso vacío, Mario Levrero

Domingo 10 de mayo

Al mediodía fui a comer a lo de mi madre y luego llevé a Ate al parque. Aproveché y también llevé un libro para leer un rato. El sol calentaba lindo y no sentí el frío, aunque había viento.

A las ocho y media de la noche llegó Mely de Bs As, volvía de la feria internacional del libro, pase a buscarla por la terminal. Trajo muchos libros, cargamos las valijas en el auto y regresamos a casa. Cenamos una sopa bien calentita.

Luego, nos relajamos en el sillón a leer, yo seguí con la lectura de “El discurso vacío”, de Mario Levrero.

En este libro Levrero se propone algo tan simple como hacer ejercicios de caligrafía. Sin embargo, ese plan dura apenas unas páginas. Como si su propia cabeza se negara a seguir un camino recto, enseguida empieza a desviarse hacia pequeñas anécdotas cotidianas, recuerdos, preocupaciones y pensamientos que aparecen sin pedir permiso. Lo que parecía un cuaderno de ejercicios termina convirtiéndose en una especie de diario íntimo donde la escritura funciona como una excusa para explorar su propia conciencia.

Lo fascinante es que Levrero nunca intenta mostrarse como alguien que tiene todo bajo control. Al contrario, escribe desde la duda, la distracción y el fracaso de los pequeños objetivos que se propone. Cada vez que intenta ordenar su vida o imponer una rutina, algo lo desvía. Y justamente ahí está la riqueza del libro: en aceptar que la mente nunca funciona de manera prolija y que vivir también consiste en perderse, postergar y volver a empezar. Es imposible no sentirse identificado con alguna de esas escenas.

Aunque fue escrito en los años noventa, el libro parece dialogar con una preocupación muy actual: la necesidad de ser cada vez más productivos, más eficientes y mejores versiones de nosotros mismos. Levrero, sin proponérselo, desmonta esa ilusión mostrando que detrás de cualquier intento de control siempre aparecen la fragilidad, el cansancio y las contradicciones. Y quizás por eso sigue siendo un libro tan vigente: porque nos recuerda que la vida rara vez se acomoda a nuestros planes y que, muchas veces, es en esos desvíos donde aparece lo más verdadero.

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